jueves, 27 de julio de 2017

Carne de perro

Edimburgo está ahí fuera, al otro lado de la ventana, al otro lado de mi vida. Y yo en mi habitación, anegado en este trabajoso trabajo; y dentro, como tanto tiempo, de mí, con los ojos vueltos para adentro; mirándolo todo y viendo, como mucho, poco.
Han sido dos meses largos como vidas. Veo los primeros días, con aquella gente de Lleida tan bien educada, la capilla Rosslyn, Vueling robándonos tiempo; como a través de un vidrio traslúcido hecho de años y mundos. "Si haces cosas, pasan cosas". Han pasado tantas que han multiplicado el tiempo. Lo cierto es que no es este el que nos hace. Es la historia, son los hechos. El tiempo es solo el espacio donde nos ocurre todo. La mesa donde se tiran los naipes.
No sé cuán fuerte soy. A veces más, a veces menos. No sé cómo debería ser. Si un torero o un bravo. Si sacar el capote o la espada. Todavía no sé quién he de ser. 
Pero aquí empiezo a ver claro quien soy. 
Mañana, como cada día, me echarán a los perros. "Primera línea de infantería". "Carne de cañón". Pero siento el pecho henchido. Los nervios duros como cabos. Que vengan, que los estaré esperando. No por aquellos ni por nadie. Ni por deberes ni por mi palabra, que tanto guardo. Por mí, por volver a medirme, por orgullo, por vieja honra, por mis cojones.

martes, 25 de julio de 2017

I start again




Recuerdo que era una clase de música y nos tocaba exponer algo de nuestros músicos favoritos. Su vida, su carrera, sus canciones, su temática... Acabo de recordar también que nosotros, que éramos quienes éramos, cantamos "Llamando a la Tierra" de M Clan a coro (debió de sonar horroroso), pero la mayoría se limitó, como adolescentes normales, a componer lo que por entonces muchos querrían llamar collage; es decir, un mural, con fotos y algo de texto explicativo. El de los dos compañeros a los que tanta gratitud les guardo era azul celeste, y mostraba una serie de fotos en blanco y negro de un grupo de varios tíos vestidos de negro. En aquella época aborrecía de todo lo que desentonase, así que cuando abrieron el reproductor para poner el último videoclip de la banda escuché con cierto reparo. Sonaba metálico pero mesurado, y a la segunda vez que sonó el estribillo descubrí que me emocionaba. El grupo se llamaba Linkin Park.
Lo siguiente que recuerdo es que me hice íntimo de uno de aquellos dos colegas. Como muchos amigos, me traicionó un par de veces, pero antes (en realidad, durante, pero yo qué iba a saber) me pirateó la PSP y me metió varios juegos que he de decir que me flipaban en aquella época. Lo cierto es que se convirtió en una rutina ir a su casa, un duplex bastante acogedor a las afueras del pueblo, a escuchar sus lamentables confesiones de amores y desamores y a que me instalara algún juego que otro. Una vez, quizá la primera, me sugirió meterle música a la máquina. Yo elegí varias canciones que él tenía descargadas que a ambos nos alucinaban, y quiero recordar que le pedí, tímido porque no terminaba de creérmelo ni de encajar con lo que era y esperaba de mí, que me pusiera la canción de Linkin Park que habíamos oído en aquella clase de música. Se llamaba What I've Done.
No tengo el talento necesario para describir la canción, ni la poesía. Pero aquello era, joder, la hostia. Quise más. 'Mira' me dijo. Puso 'Given up'. 'No more sorrow'. 'Bleed it out'. El alma se me quería salir. Me emocionaba, pero no de alegría ni de tristeza; sentía que mi interior vibraba con ganas de brotar. Me llevé en aquel aparato todas las canciones que tenía.

La mañana del 20 de julio de 2017 habían pasado ya diez años de todo aquello. Me levanté como cada día sin demasiada alegría, y desbloqueé el teléfono para poner algo de música mientras me vestía. Pensé en U2, en Radiohead, en Arcade Fire (que estaba a punto de publicar album)... no debí de decidirme, porque lo siguiente que recuerdo es que descorrí las cortinas y miré por la ventana, hastiado por tanto trabajo y preocupado por la llegada de un nuevo grupo. Edimburgo estaba gris, como siempre. Volví al teléfono, abrí Youtube y escribí "The Little Things Give You Away", de Linkin Park. Llevaba muchos años escuchándolos de manera recurrente, pero desde que aborrecí el último disco, One More Light, unos meses atrás, apenas los había oído. 

Esa misma tarde Chester Bennington se suicidó. Me lo vino a decir mi novia, que me envió un enlace de un diario nacional seguido de dos "joder". Alguien lo había encontrado ahorcado en su casa de California. Al parecer, viejas guerras con las drogas, el alcohol... Y abusos. Algo así decía el artículo. 

En los últimos dos años puede que haya llorado 4 o 5 veces. Desde entonces he llorado todos los días.

Descanse en paz.

martes, 6 de junio de 2017

RISE

"Tú ya lo sabías, hace tiempo (un tiempo sin fechas; el reloj no mide la vida. Han pasado muchas cosas, y eso es lo que te distancia, eso es lo que marca la diferencia; la eternidad que te separa). Que estás aquí para esto, para escuchar la melodía, para relajarte, para disfrutar, para esas pequeñas cosas (raro es el tópico que no acierte); dejar de arder de vez en cuando, mirarle estudiar, paladearle, mover la cabeza al ritmo extraño de Radiohead, sentir, volver a casa, mirar crecer la plaga de los libros; que todo ha sido una pesadilla recurrente pero para todos los públicos, un cuento de aventuras donde el bueno las sufre pero al final triunfa. Que la vida renace, que tú, yo, renazco, que todo esto tiene sentido ahora."

jueves, 25 de mayo de 2017

El principio de todas las cosas

Notaba cómo empezaba a anegárseme la vida; cómo dejaba de ver los destellos de las hojas de palma, de escuchar el trinar de los pájaros; como se me terminaban de joder los últimos días en aquella preciada casa donde había encontrado, de rebote y por azar, algo no muy distinto a la felicidad. Pero manchar el homenaje de las últimas veces me importaba en realidad un carajo; lo peor era esa tensión en el ceño, esa parálisis general, ese miedo, esa impotencia, ese cagarse en Dios a cada rato.
La música no inspiraba como alguna vez. La literatura eran hormigas sin rumbo fijo y un pretexto inconsciente para perderse. Decidí levantarme y hablar con el espejo, pero estaba demasiado embotado y hasta somnoliento, y éste se cansó pronto de contestarme. Finalmente me dormí sin haber encontrado el principio de todas las cosas, y al día siguiente, al despertar, era un día más, un día menos, el día de siempre, como si no hubiera otro, cojones. Y el lastre seguía ahí, prendido en el entrecejo fruncido, atenazado en las sienes, cargado sobre la espalda, pendiendo del mentón, como un cencerro. 
Quise ver que el problema era fundamental y que tenía que ver con el origen del Universo, el principio de todas las cosas, y acabé por descubrir, derrotado en la terraza del primer bar que pude alcanzar, y asido a la maldita copa de vino de siempre, que si la solución estaba allí, el problema estaba en el origen de la propia vida, mi vida, en cómo el mecanismo de la existencia o el azar había lanzado a mis padres, movidos por el deseo y un poco de azúcar, a aquella cama vieja de aquella vieja casa sin viejos (que ya era casualidad que no estuvieran, o que dejaran las llaves siquiera); y cómo en aquel encuentro azaroso, en el vaivén de la lujuria (acto germinal de todos nosotros y tan patéticamente despreciado desde siempre por todos nosotros) había salido yo de los cojones de mi padre para ir al vientre de mi madre; así, tal como estaba (¿Cuántos otros seres en potencia perdieron su última oportunidad de ser aquella tarde, mientras sonaba One en todas las radios del mundo, la URSS tocaba fondo y Scent of a Woman coronaba a Pacino con un merecido Óscar?) con esos genes heredados y no otros (había más, sí, pero esos fueron los que tocaron; azar, mecanicismo); con ese futuro prefabricado ya por la diosa Fortuna, y no otro; por mucho empeño, mucho ir y venir y mucho circunvalar, circunscribir y cincelar las circunstancias; mucho figurar. Todo estaba escrito en aquel código genético del demonio. Llegado un momento abrí los ojos y empecé a ver aquellas circunstancias e incluso aquella pauta inscrita, y empecé también así (porque a su vez estaba escrito) a sentir. Y, en fin, concluí que yo no era más que aquella mano de naipes cualquiera, emborronados y cuarteados por el tiempo, aquel ojo triste y otra mano con que jugar aquellas cartas. Y no otras.
Así que apuré el tinto, pagué (porque entre mis cartas estaba también esa), y me fui a comprar al supermercado de enfrente, porque la vida había que seguirla si no se era lo suficientemente valiente.

viernes, 2 de octubre de 2015

El Afuera III

         Cuando regresé de Más Allá del Afuera a través del Inmenso Agujero de las Alturas creía que, a pesar de toda la vastedad del mundo, no me quedaba nada esencial por descubrir. Había visto la comprensible muerte que llega en silencio y parte sin más; y la inasumible muerte que arrasa con estrépito y parece no irse nunca. Había visto que el mundo carece de límites; que sus seres son tan variados como semejantes; que laten en el interior de nuestra existencia potencias inimaginables. Lo que aún no había visto, empero, es que una cosa es saber la teoría, y otra muy distinta es vivir la práctica.
            La vastedad del mundo es, en sí misma, atroz, pues reduce a sus criaturas a una mínima expresión; y permite la cabida de fenómenos ilimitadamente grandes que, sobre unos seres infinitamente pequeños, pueden resultar catastróficos. Sin embargo, dicha vastedad no es menos temible por los seres que puede contener: del mismo modo que su inconmensurable tamaño puede dar cabida a enormes accidentes, también puede albergar gigantescas criaturas. El pánico agorafóbico que sufrí cuando salí del Interior, o cuando finalmente salí Más Allá del Afuera, debía de suponer esta posibilidad, pero no recuerdo haber tenido conciencia de ella hasta que sentí un apocalíptico retumbar sobre la superficie. Rápidamente pensé que podía ser una nueva catástrofe, como un terremoto, pero mi desbocada imaginación, acostumbrada a las sorpresas desagradables, me llevó a adivinar la existencia de una inmensa criatura Más Allá del Suelo Vertical.
Una vez más, quizá la última, quedé paralizado. ¡Podía sentir los Cuatro Suelos Verticales vibrar a su paso! Si aquél temblor provenía de un ser vivo como los que habitábamos el Afuera Interior, tenía que ser de un tamaño descomunal. Estaba sumido en el pánico. ¿Qué sería de mí? ¿Qué sería de nosotros? En aquél instante infinito en que aguardaba la inminente irrupción de la Bestia, me sorprendí preocupándome por los otros. A pesar del profundo terror que me atenazaba, pude intuir que la otredad se hace propia cuando algo todavía más ajeno hace aparición; que seres que rivalizan por la supervivencia en un nicho cualquiera se reconcilian ante una amenaza común.
Busqué a aquellas criaturas de reojo.  En las alturas, los Seres que Revolotean seguían con su errática búsqueda de no se sabe qué. En el Suelo Inferior, a lo lejos, los Tímidos Seres de las Distancias no parecían tener más suspicacia que de costumbre. ¿Acaso no temían aquellas pisadas? Rápidamente, el miedo fue convirtiéndose en confusión, y me decanté por creer que si aquellos seres que habitaban el Afuera mucho antes que yo actuaban con normalidad ante el retumbar de los pasos de aquel coloso éste no tenía que ser tan peligroso.
Mi cuerpo se distendió. En las alturas, los Seres que Revolotean trazaban círculos, como orbitando un lugar invisible. Todo parecía más en orden que nunca. Estaba pensando con emoción que al fin aquellos seres habían encontrado el objeto de su incansable búsqueda cuando una inmensa ola de viento me empujó por un costado. Más rápidamente de lo que se habían ido, mis más profundas y temibles pesadillas regresaron de las tinieblas. Alertado, dirigí mis sentidos hacia el origen del vendaval, en algún punto de los límites del Afuera.
Todavía hoy me cuesta creer lo que ocurrió. Movido por una fuerza estratosférica, un sector rectangular de uno de los Cuatro Suelos Verticales se había despegado del resto, y se abría como las fauces de aquellas bestias que una vez quisieron arrastrarme a la muerte. Fue entonces cuando lo vi. Debía de medir mil veces mi altura y ocupar otras mil veces mi volumen, pues su cabeza no distaba mucho del Suelo Superior y sus miembros extendidos sobrepasaban el espacio abierto en el Suelo Vertical. No sé si podré expresar lo que sentí, sinceramente. Una angustia abrasadora inundó mi cuerpo y me nubló los sentidos.  Desesperado, corrí en todas direcciones en busca de un refugio, pero el Afuera es un páramo vacío y toda búsqueda de nada es vana. Descubrí, sin embargo, que era más rápido que él, y eso me dio confianza para ganar tiempo hasta hallar un lugar seguro.
Tras un tiempo incierto de huidas erráticas, llegué al pie de uno de los bordes del sector rectangular abierto en el Suelo Vertical. Noté por primera vez que esa parte de la superficie era más oscura que el resto. Movido por el más profundo instinto de supervivencia, apoyé un miembro tras otro sobre ella y comencé a escalar hacia las alturas. A cada paso experimentaba una mezcla más intensa de acercamiento a la salvación y de inminencia de la muerte. Era como si dos visiones diferentes de la realidad estuviesen chocando en mi interior; tenía que creer en una, pero la otra era tan incontestable… Iba a morir.
Resbalé; la superficie era más inaprensible de lo habitual. Pude sostenerme apenas agarrado a un pequeño saliente, y supliqué a un ser invisible que me proveyese de la descomunal fuerza de los Seres de Más Allá del Afuera. Fue en vano, pero aprendí que el terror nos hace creer que existen seres superiores a los que podemos encomendarnos, cuando en realidad éstos son tan inmisericordes como la naturaleza misma. Miré a aquella inmensa criatura a los ojos, grandes como mi cuerpo. Pude ver que su forma era ovalada y que estaban compuestos por espacios concéntricos: uno elíptico y dos circulares. El primero era de color blanco; el segundo, de un color más oscuro; el tercero, el más reducido, de la más profunda e insondable negrura.  Eran (me sorprendió) extrañamente hermosos. Y me estaban mirando. Este hecho, no necesariamente terrible, me pareció insoportable, e impulsado por el pánico emprendí de nuevo mi infructuoso ascenso hacia las alturas del Afuera.
Pasado no mucho tiempo (un tiempo de solo escalada y terror) alcancé la cumbre. En ese momento sufrí como si todo el peso del mundo cayese sobre mis miembros; descubrí que la esperanza es una ilusión, y que las ilusiones son irreales; que la realidad es un lugar inhóspito y descorazonado. Al final de la franja oscura del Suelo Vertical por la que acababa de subir el borde se desviaba y pasaba a ser una franja horizontal, al final de la cual, pude atisbarlo en la distancia, volvía a desviarse y a descender verticalmente. No había ninguna guarida, ni ninguna obertura al Interior; no me esperaba la salvación. Aquél borde era un bucle, un círculo como los de los Seres que Revolotean, pero, en lugar de en torno a un hallazgo invisible, éste lo hacía alrededor de la nada misma.
Lo que pasó después no lo recuerdo con precisión, ni logro entender los pocos retazos inciertos que quedan en mi memoria. Al principio confié en que, de la misma forma que me había desvelado tantas verdades acerca del universo, el devenir me mostraría más tarde o más temprano el significado de aquella mirada, de aquellos pasos, de aquel adiós. Ahora que tanto tiempo ha pasado, una vida tal vez (pues no sé cuánto es una vida en este lugar oscuro y silente), y que sigo sin entender aquellos instantes remotos, ya no creo que el mundo vaya a enseñarme nada. La muerte se avecina, y coqueteo con ella como una vez lo hice con la oscuridad, la humedad y la estrechez de este Interior que ya ni siquiera es mío (pues no hay regreso posible al hogar una vez se ha salido de él).

Recuerdo, en fin, que quedé paralizado, que mi cuerpo latía violentamente; que miraba hacia todas partes, como en busca de una salida. No podía creer que aquel fuese el final. También, que quise sentir la casi apoteósica conformidad con la muerte que me había colmado cuando los Pequeños Seres del Suelo Vertical me transportaban hacia su guarida de Más Allá del Afuera. Pero las emociones, como quizá todo en este mundo incomprensible, no se pueden elegir, y sufrí el definitivo terror de la muerte durante la eternidad que duraron aquellos remotos instantes.
Aferrándome a la vida, me moví sin más, y finalmente inicié mi descenso por la franja oscura del Suelo Vertical. En aquél momento pensé que lo hacía por ganar tiempo, por seguir viviendo unos instantes más, pero más tarde descubrí que mi instinto tenía un propósito más concreto. A medio camino quedé enganchado en un saliente y, haciendo fuerza para liberarme, me impulsé demasiado y caí al vacío. Todo mi ser era la fuerza de la supervivencia. Me puse en pie y eché a correr hacia ninguna parte, notando que el Coloso se había apartado a mi caída, como asustado de mí. Aproveché su vacilación para alejarme más de él, y sin darme cuenta penetré de nuevo en la oscuridad del Interior, de donde no he vuelto a salir, ni espero hacerlo jamás, pues las maravillas del Afuera son apenas luceros en la negra noche de sus atrocidades.




jueves, 1 de octubre de 2015

Arte

Algunas noches la vida es como aquella tarde en San Pedro o aquella mañana en el Prado, y lo único que es posible hacer es descansar de tanto arte. Pero no puedo y sigo delante del ordenador, abocado a expresar lo que siento, ahogado de tanta emoción; impelido por la fuerza ineluctable del arte que quiere hacerse.
Y veo que no es la obra voluntaria de un hombre. Veo, porque me lo grita el espíritu, que es el impulso creador del universo, en él latente, haciéndose flor en el hombre -flor de pasión, porque es rojo, como el aroma que deja el pétalo de la amapola cuando se lo lleva el viento.
Oh, noche. Oh, noche. Si esta mezcla de luz y lágrimas pudiera escribirse...

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El Afuera II

Todo cuanto creía ha sido una equivocación. El Afuera, «lo exterior» para un ser nacido y criado en lo que he llamado Interior, es tan sólo una minúscula parte del mundo. Todavía me es inconcebible. ¿Cómo puede caber algo más allá de la misma vastedad? Desde que salí afuera, al verdadero Afuera (¿o habrá otros afueras, más vastos, más inconcebibles, más atroces?), entiendo que lo que yo llamaba vastedad era, como ya dije una vez, amplitud. En una forma muy semejante a cómo descubrí la existencia de lo estrecho o de lo vasto mismo, he descubierto que entre ambos conceptos cabe un término medio. He podido confirmar, de paso, que sólo conocemos la naturaleza de las cosas cuando las comparamos con otras. Me es terrible imaginar la existencia de algo más grande que lo que he visto Más Allá del Afuera.
La crónica de este nuevo hallazgo comenzó cuando, pasado un tiempo incierto, mis pasos erráticos toparon con un nuevo accidente: un suelo vertical. Al principio sufrí un terror metafísico (¡cuánto me aterra la rareza!), pero recordé mi ridícula experiencia con el ser caído de las alturas y me convencí de que, aunque resultase nueva para mí y no la entendiera, esta condición del espacio debía ser tan natural como las otras. Como el suelo, era de un blancor cegador –he descubierto que el interior del cual provengo es negro, así como los seres que revolotean por el aire. También sé, ahora que he estado, desafortunadamente para mi cordura, Más Allá del Afuera, que los Tímidos Seres de las Distancias son del mismo color anónimo que la mayoría de los cuerpos de ese espacio inabarcable.
No habíame convencido aún de que ese nuevo terror era más absurdo que el anterior cuando divisé en lo alto una sinuosa cadena de nuevos pequeños seres. Caminaban sobre el Suelo Vertical y todos parecían hacerlo en dirección a un mismo sitio -más tarde descubriría la terrible localización del mismo, y la no menos terrible naturaleza de sus habitantes. Envalentonado por la morigeración de mis temores, e intrigado por un mundo cuyas sorpresas parecían no tener fin (y que aún lo parecen), seguí la dirección del desfile. Durante un tiempo pude hacerlo sin mayores problemas que el de tener que mirar hacia lo alto para no perderlos de vista. ¡Cómo iba a imaginar que delante de mí, a una distancia incierta, se elevaría un nuevo suelo vertical! Tan absorto iba mirando a las alturas que no pude verlo mientras me acercaba a él, y no supe de su existencia hasta que me recuperé del sopetón y del susto.
Por unos instantes sufrí de impotencia; después de la eternidad de la nada, cualquier objetivo se erige casi como el sentido último de la existencia. Sentía que, si no quería volver al tiempo indefinido del vacío, la planicie, la luz cegadora por todas partes, tenía que seguir a esos pequeños seres. Se me ocurrió que si ellos podían caminar por el Suelo Vertical, por qué no podría hacerlo yo también. Después de todo, no era como moverse por el aire tal como hacían los Seres que Revolotean; ellos, lo pude comprobar durante mi experiencia con el Caído, estaban provistos de unas membranas que agitaban frenéticamente para mantenerse y desplazarse por el vasto espacio de las alturas. Lo que me unía con los Pequeños Seres del Suelo Vertical era más que lo que nos separaba -puede decirse que ambos éramos superficiales: necesitábamos del contacto con una superficie para poder desplazarnos. No mucho más tarde descubrí, con profundo terror, que nuestras diferencias nada tenían que ver con el movimiento y eran mucho más atroces que cualquier distinción física.
Al cabo de esta maraña de intuiciones y reflexiones coloqué uno de mis miembros sobre la superficie del Suelo Vertical y sentí que me agarraba. La inmensa sensación que me llenó es definitivamente inefable. No sé si puedo utilizar alguna metáfora o alguna comparación; puedo decir que nada hay como descubrir que tu naturaleza no está reducida a lo que a lo largo de toda tu vida creías que estaba; que nada hay como descubrir que hay más dimensiones además de la tuya, ¡y que puedes caminarlas! A menudo fantaseo que también puedo volar como los Pequeños Seres de las Alturas; o que puedo devolver a los Caídos el intangible latido que ya no está cuando los encuentro irremediablemente inmóviles (es extraño pensar que mi mundo es el cementerio de otros seres. ¿Será el suyo el cementerio de los que son como yo? ¿Hay otros como yo? De nuevo esa palabra. Como con todo, no supe de mí hasta que supe de otros. Tan diferentes, tan opuestos, y sin embargo los Pequeños Seres que Revolotean me han devuelto la imagen de mí mismo, y me han mostrado mi propia existencia). Entusiasmado, apoyé un miembro tras otro y emprendí mi ascenso hacia las alturas insospechadas del Suelo Vertical, en pos del riguroso desfile de los seres encadenados. 
Por prudencia, más que por miedo, no me acerqué a la caravana, así que los seguí algo distanciado a lo largo de su recorrido, que parecía como hecho y deshecho desde el mismo comienzo del mundo; tan automáticamente se movían. Curiosamente, su movimiento era horizontal en una dimensión vertical. Al final de lo que yo creía que era todo el recorrido y que en realidad resultó ser tan sólo un tramo, el horizonte se convirtió en columna, y los primeros seres de la cadena empezaron a desaparecer como por un agujero inmenso en las mismísimas alturas de las alturas. Yo hacía tiempo que había superado mis temores y estaba fascinado, absolutamente entusiasmado. Quería seguirles hasta el último confín del mundo, contemplar de una vez el final del afuera. Ahora sé que ese pensamiento es propio de un conocimiento primitivo del universo, y que el entusiasmo es dichoso pero tan vano como la misma vastedad del mundo.
Cuando hubo desaparecido el último de aquellos Seres del Suelo Vertical por el Inmenso Agujero de las Alturas comencé mi escalada hacia lo desconocido. Con cada paso hacia arriba me excitaba más. Llevaba sin descansar un tiempo que me parecía abismal, como si una vida me separara de mi reducida existencia en el Interior; pero, en lugar de cansancio, mis miembros estaban como exultantes de energía, como si un motor trascendental los hubiera cargado para llevarme más allá, siempre más allá, hacia lo oculto. Cuando me asomé por el Inmenso Agujero de las Alturas ya el miedo a lo desconocido, a la rareza, había amagado con volver y fue en ese instante cuando definitivamente se apoderó de mi ser. Ante mí se extendía, en todas direcciones, una vastedad que reducía a una pequeña parcela lo que hasta ese momento yo había llamado el Afuera; ¡creía que los suelos verticales eran los límites del mundo! Entonces descubrí cuán equivocado estaba, y cuán inútil es pretender conocerlos. Deslumbrado por la luz y sobrecogido por la inmensidad, avancé sobre la superficie ya horizontal del agujero, y de repente noté un molestó tirón de uno mis miembros. Aterrado, comprobé que era uno de los Pequeños Seres del Suelo Vertical, que estaba intentando arrastrarme hacia más allá del agujero, a saber con qué mortíferas intenciones. Aparecieron cientos de ellos como de la nada y me atraparon con una fuerza inimaginable. Yo procuré zafarme desesperadamente, pero ni todo mi tamaño podía doblegar la diligencia, el número y la tenacidad de aquellos seres abominables. Arrastrado hasta el borde del abismo, entre toda mi agitación por sobrevivir sentí la desesperación de haber cometido un error fatal, de haber firmado mi propia sentencia de muerte. 
De pronto, un vacío inmenso subió rápidamente por mi interior y choqué contra el suelo. Aquellos seres no eran tan inteligentes como tenaces; en su ansiada lucha por llevarme con ellos habían descuidado el borde del agujero y todos juntos nos precipitamos hacia el abismo. Movido por el instinto de supervivencia corrí hacia el suelo vertical exterior, pero sobre su superficie todavía descendía una horda de aquellos seres terribles, y aprendí que la suerte se marcha tan rápido como llega.
Ya no luché por mi vida. Me dejé llevar, resignado a la muerte, y entendí, en medio de la vastedad del mundo y de la bestialidad de sus criaturas, que toda pretensión por trascender es absurda. La verdad me pareció tan aberrante que me alegré de estar avanzando hacia la muerte, y si hubiera podido comunicárselo a aquéllos seres bestiales hubiese caminado yo mismo hacia mi destino con más velocidad de la que llevaban ellos transportándome sobre sus pequeños miembros. Pero nada hay predestinado en este mundo caótico, y tan pronto como había venido y se había ido, la suerte volvió. Llevado como iba boca arriba, noté que el suelo superior, hasta ese momento de un color próximo al blanco, había comenzado a oscurecerse, y que el ambiente era ahora más húmedo que cuando me cogieron al pie del Suelo Vertical. Varias de aquellas bestias surcaron las alturas provistas de unos miembros como los de los Seres que Revolotean. Parecían apresurados, pero si algo comunicaban a los demás nunca lo supe, pues todo era silencio en aquella vastedad fría y descorazonada. Sentí la humedad y el helor crecientes, e imaginé que estaba volviendo a mi hogar, a la oscuridad, la humedad y la estrechez del interior -no sé si fue casualidad que el lugar de mi muerte se pareciera tanto al de mi nacimiento; acaso aquellos seres no eran, después de todo (y tal y como quise creer al principio) tan distintos de mí. Así de ensimismado iba, pensando que la muerte era como un regreso, cuando un dulce frescor reventó sobre mí y resbaló por mis costados, haciéndome creer que ya estaba yo muriendo. Pero de pronto las pequeñas bestias de mi sacrificio soltaron mi cuerpo y echaron a correr no más ordenadamente que los Seres que Revolotean por las alturas del Afuera Interior, como huyendo de una catástrofe mortal. Enormes óvalos de agua caían por todas partes, atrapando en su interior a aquellos seres miserables, inmovilizándolos, ahogándolos. 
Tan pronto como la conformidad con la muerte había llegado, se marchó, y afloró de nuevo en mí el instinto de supervivencia. Dado que mi cuerpo era tres veces más grande que aquellos óvalos que se precipitaban desde el ennegrecido suelo superior, en lugar de atraparme dentro de sí, reventaban contra mi tórax, y pude gozar de verme liberado. No obstante, las experiencias de los últimos tiempos me habían enseñado que la suerte es veleidosa y que la misericordia no es una de las virtudes del mundo. Eché a correr, esquivando y resistiendo mal que bien los enormes óvalos de agua hasta que finalmente pude refugiarme bajo el amparo de una extraña superficie del color de los Tímidos Seres de las Distancias. 
Desde mi privilegiada situación pude contemplar la caída de la sociedad de los Seres del Suelo Vertical: sus caminos fueron borrados; su guarida se anegó de agua y sus crías se ahogaron en ella; sus interminables hordas sucumbieron en la superficie, asfixiadas bajo el peso de los ópalos. Apenas sobrevivieron unos pocos; todavía recuerdo que, al pasar entre ellos, era posible atisbar como un latido de nostalgia entre toda su bestialidad. Eso me conmovió, pues ni siquiera antes de que me atraparan había supuesto que tuvieran capacidad para el sentimiento. Ahora pienso que tal vez lo imaginara, afectado como iba por aquél cenagal de la muerte, y donde yo creí ver emoción en realidad sólo había el reflejo de los óvalos en sus ojos negros.
No pude permanecer mucho más tiempo. Mi segunda visión de la muerte fue inimaginablemente más cruda, más violenta y más devastadora que la primera. Contemplada desde fuera, me pareció peor que la vida, por más absurda que ésta resultase. Con estos pensamientos apenas resonando entre tanta aflicción, emprendí el ascenso al Inmenso Agujero del Suelo Vertical y regresé al Afuera Interior.