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martes, 8 de enero de 2013

Pro Eros

De la mente de un aristócrata desprestigiado, en lo que se temía el nuevo ocaso, y acaso lo fuera, de una humanidad reincidente afloró ésta en su forma más hermosa. Platón escuchó al presupuesto Sócrates, le lloró, y recorrió media Hélade y algo más para descubrir a los hombres el fuego de Prometeo. La naturaleza parecía tener una estructura a los ojos helenos, y las Matemáticas fijaron semejanzas universales que explicaban las relaciones evidentes del mundo. Pero Sócrates había muerto como consecuencia del vicio de la elocuencia, y la posesión del gobierno debido a la buena posición mercantil o militar actuaba en semejanza con el caos del que cualquier cosa, hasta la injusta muerte de un nuevo Sócrates, podía salir. Si la naturaleza funcionaba en armonía, justicia y belleza en base a unas leyes, ¿por qué no la polis?
Y si el fuego desvelado quemaba al tacto y deslumbraba a los ojos, la partera que fuera Platón se convirtió en criador y de sus palabras creció la mente, por oposición, del culminante Aristóteles. Con el cálamo trazó el horizonte y, a través de un denso entramado léxico, lo significó en belleza, amistad o justicia.
Establecida la lógica como útil para hallar la verdad, para alcanzarla, para identificarnos con ella, para crecer con ella y vivir en conveniencia, y establecido el amor como motor, como causa final, como fin; evidenciada la impresionante belleza de tal empresa, ¿qué nos queda sino avivar la llama? ¿Qué nos queda sino amar?

domingo, 16 de diciembre de 2012

Metamorfosis

El espacio a priori indefinido que hay entre dos puntos concretos parece tan incierto como indefinido. Se comporta, podríamos decir, como la adolescencia en la vida humana, o como lo silencios en una partitura; una suerte de estados transitorios, de no-seres inquietos, que alienan y confunden a los pacientes atolondrados. Me preguntaba por primera vez en este cenagal intermedio si acaso pudieran dar algún tipo de fruto, o fueran de lo contrario estériles, como podría extraerse de la experiencia. Quizá la respuesta resida en la misma pregunta, pero si es así todo extrañamiento incómodo en esta niebla desorientadora ha sido poco menos que un atisbo de algo. Todo sigue muy turbio, pero quizá la prueba de aquéllo sea ésta consideración de su posible fertilidad, y la misma búsqueda de indicios. Y, al fin y al cabo, es del fondo de estos remolinos de estados y definiciones, donde no hay estado fijo ni definición alguna, de donde brotan, como diamantes de un lodazal, los sólidos estados de conciencia. Y si resultara que no, que se fluya, que se expanda, que caigan las murallas, que se vuelen las banderas. Esta vida está para vivirla.

miércoles, 25 de enero de 2012

La flor del yermo es una calavera sobre un prado.

Llegado un día un hombre soñó un prado, y en él la florida primavera bailar al son de las campanadas del mediodía. Aquel prado de aquella primavera fue su ideología y una rosa amarilla erigida en el cielo, su ídolo.

Llegada una noche un hombre soñó un yermo y en él el polvo de la muerte bailar al son de las campanadas de la medianoche. Aquel yermo de aquel invierno fue su pesadilla y las cenizas de una calavera, su obsesión.

Pero un día ambos estares se encontraron. Entonces aquel yermo de aquel invierno desenvainó su desastre y acometió contra aquel prado de aquella primavera, que interpuso el Sol entre el caos y su existencia para deshacer la ofensiva.

Un hombre perdió su pesantez y, elevado sobre el mundo, vio el absurdo y ordenó que bailaran. Entonces ambos obedecieron y danzaron hasta fusionarse y separarse intermitentemente, siendo formas nuevas y repetidas.

Un hombre, que es cualquiera, tuvo alguna vez dos sueños separados en el tiempo que fueron uno alguna vez, porque un hombre, que es cualquiera, es un fluido dinámico en el que nada es absoluto y toda ilusión de lo absolto, mezcolanza. Porque un hombre, en tanto que fluido, es nada.