Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de octubre de 2014

Lucio Sicinio Dentato

No hay lápida más impasible ni epitafio más imborrable que un clásico. Esta conclusión, nada novedosa, se me ha descubierto hojeando una nueva edición de una de las enciclopedias más antiguas: Las Noches Áticas, que Aulo Gelio elaboró, presupuestamente, durante mil y una noches insomnes. Santiago López Moreda anuncia en el prólogo que una lectura superficial de todos los autores mentados por Gelio ocuparía una larga vida de poco más que lectura. El estudio de tantos otros personajes iletrados, como esposas, prostitutas o guerreros, resultaría definitivamente excesivo. 
Uno de tantos guerreros fue Lucio Sicinio Dentato. Valerio Máximo, otro polímata todavía anterior, lo llamó Siccio; ambos, Gelio y Máximo, a los que se suma Varrón, coinciden en la enumeración de sus honores. Copio literalmente de la edición de Moreda: "Sobre Lucio Sicinio Dentato, que fue tribuno de la plebe en el consulado de Espurio Tarpeyo y Aulo Alterio, cuentan los libros de los anales que fue un excelente guerrero, más allá de lo creíble, y que por su enorme fortaleza recibió el sobrenombre de Aquiles Romano. Se dice que combatió contra el enemigo en ciento veinte batallas, que no recibió ninguna herida en la espalda, pero sí cuarenta y cinco de frente, fue galardonado con ocho coronas de oro y una de asedio, tres murales, catorce cívicas, ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes, doce lanzas; también recibió el premio de veinticinco arneses de caballo. Obtuvo cuantiosos despojos militares, entre ellos, la mayor parte fruto de combates singulares. Celebró el triunfo en nueve ocasiones con sus generales." Apunta Moreda en una nota al pie que tantos honores "serían excesivos para una legión entera". Sin juzgarlo legendario, es numéricamente comparable a Lionel Messi o Cristiano Ronaldo, que suman tantos goles como un equipo entero en puestos de descenso. Imaginar un mundo absolutamente ignorante de las dos actuales estrellas mundiales resulta, ilusamente, inconcebible. Acaso también lo fuera para los admiradores de Sicinio, todavía más olvidados que él. No es impensable que su tumba, acaso contemporánea a la de Sócrates, se perdiera muchos años antes de las mil y una noches de insomnio en que Aulio Gelio compuso su enciclopedia. Y a pesar de tanto, no sin los inconvenientes de la ignorancia, dos mil quinientos años después de su muerte Lucio Sicinio Dentato, también llamado Siccio, que combatió en ciento veinte batallas, recibió cuarenta y cinco heridas de frente, fue galardonado con ocho coronas de oro y una de asedio, tres murales, catorce cívicas; ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes y doce lanzas; es recordado en un libro olvidado en una biblioteca vacía de una universidad periférica. Ojalá pudiéramos evocar aunque sólo fuera su altura.

martes, 12 de marzo de 2013

Mierda por el suelo

Ya entonces, en los ajenos tiempos en que descendía a los aseos donde hasta el más pollo era un gallito y me aguantaba la lengua como me aguantaba la mierda, miraba sin verlo el miedo en las baldosas húmedas de agua y orín. Tantas vidas después como ha dado el tiempo, ese miedo bajo de olor a vinagre y reír cruel que entra por el culo resuena en el pecho henchido de los gallos como rezuma en la piel africana de mis manos, como si mis ojos asiáticos estuviesen hundidos en una charca de cemento, mis oídos sin tiempo vueltos hacia una caverna de ecos y mis brazos y piernas impregnados de una mierda que no seca.

domingo, 10 de marzo de 2013

Inútil digresión

Go to sleep, Radiohead. (En línea) Extraído y disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=W-XynViVN3E

Hay una historia de horas vanas, de momentos vacíos, de impotencias inútiles, que se prolonga desde los tiempos del recuerdo hasta el más inmediato pasado. Como aquel niño turbado que renunciaba al tedio de la cama en una noche de insomnio y caminaba, cabizbajo y quejumbroso, hacia el templo de la madre, yo también siento la pasividad vigilante de mi cuerpo alterado. Mañana, por hoy, será un día largo y trabajoso en el que tendré que pagar, también como haría, mucho tiempo después, tantas veces aquél niño, mis deudas con el tiempo; y sin embargo, aquí estoy, frente a la ventana, minimizando deberes académicos, deberes vitales, y, a diferencia de aquel niño que creció, sin saber hacia dónde mirar para ver las estrellas. Y sin irme a dormir.

sábado, 2 de marzo de 2013

Aunando interminables

Aún no se ha vaciado por completo la verde papelera que hay al lado de mi cabezal y ya le ha caído el primer carozo roído de manzana. Aún no se ha cumplido una semana desde que bajé la cabeza y eché a correr delante de la rutina hacia el sabor de agua de la displicencia y ya me ha dado alcance a causa de mi habitual condescendencia. Aún soslayan mis ojos, heredando una atención agónica, los pasos perdidos de veinte años de soledad. Y lo que pesan en el pecho.

domingo, 17 de febrero de 2013

Stop

Quiero encontrarme con el solaz. Pienso que la palabra es insuficiente. Lo fue en su día, pero dudo, y basta dudar para que las circunstancias avasallen. Quizá sean siempre necesarias para marcar el camino, pero creo que para recorrerlo hay que ser una emoción, una sensación. Que el camino se hace en silencio. Silente, mejor. Un camino tranquilo, relajado, distendido, silencioso. Paz. Quiero que acabe esta guerra incierta. No me importan las batallas ganadas ni el terreno recortado, ni la experiencia de los años ni las debilidades del enemigo. Sólo quiero solaz. Claudicar. Dejarlo todo e irme. Dejarlo todo y regresar. Retornar, volver sobre mis pasos, como Manolo García, pero los míos, los hechos por estos pies de griego, no los de mi padre, como pretendía el barcelonés. Escapar del alucinamiento y del espejismo intermitente, todo lo más que ofrecen las tinieblas del olvido. Como Jean Valjean, responderme quién soy, con todos los números. Quiero ver esos ojos estrábicos mirarme desde la aurora de mis tiempos hasta el ocaso del ayer. Who am I. ¿Un náufrago amnésico? La lengua española diferencia mediante los copulativos "ser" y "estar" el matiz aristotélico entre la esencia y el acto. Quién soy yo. Estoy naufragado. Y estoy amnésico. Pero quién soy yo. "¡¿Quién soy yo!? ¡24601!"

jueves, 14 de febrero de 2013

Noche

En algún lugar entre el fondo de un vaso de trago corto sin fondo y la abertura por donde miro a través, se encuentra el sueño. No sé cómo he dado con él en esta noche eterna. Atrás ha quedado la retahíla gutural de Jelly Roll Morton declamando en el whisky y la resurrección de "los pasos perdidos". Atrás el insomnio palpitante, atrás el morir recalcitrante. Atrás mi mirar mirándome.

jueves, 7 de febrero de 2013

Maldito Oliveira. Qué coño, ¡Que viva Latinoamérica!

La noria gira, pero yo estoy en pausa, confuso, sobre la cubierta de un barco a la deriva llamado Rocinante, bebiendo Chivas y oyendo el eco rasgado, lejano, casual, de Jelly Roll Morton; cauterizando heridas crónicas del alma y evocando atavismos. El temporal de fuera metaforiza el de dentro. Inquietos ambos (o el único, pues quizá sean el mismo), veleidosos. Ocasionalmente clarea y respiro la calma de la tregua en el "1, 2, 3, 4, 5 y ¡6!" de una niña en la escalera o en el regalo de un amigo que me aviva. A mí y a la Llama. ¡Oh, Dios! Una eternidad de esas que duran un momento en una mirada correspondida. No hay Zeus que resista eso.

lunes, 4 de febrero de 2013

Una mano cualquiera

Sobre la piel, pequeños cortes que ahora son ausencias. He dejado Una novelita lumpen encima del portafolios, el de arriba; y como todo, ella me ha dejado a mí también. Siento pinchazos en el pecho, a veces latidos desubicados. Cuando tenía once años, o doce, mis padres y mis abuelos me decían que no era nada, que eso era flato. Tal vez. Ahora pienso que son burbujas, bolsas de vacío que des-aparecen en mi interior cuando la noche se traga el camino y tampoco me encuentro yo. No lo entiendo. Sin embargo, pienso que Emilio Lledó tiene razón: la memoria es la clave. Somos ella; en ella nos identificamos. Y desde ella crecemos, renacemos. Por eso evoqué aquella foto, aquella sorpresa y aquellas amenazas. Porque, conociéndome a mí mismo, al menos en el intento del regressus, he descubierto que son el motor de mi historia. Fuera de estas tres vicisitudes y de la genética, no sé si hay otros mimbres. Y ahora que me doy la espalda con mis ojos, diría que veo entre la niebla que las otras historias también caben en una mano de naipes.

jueves, 24 de enero de 2013

Como en un aleph borgiano.

No, ahora solo me apetece salir, y caminar, y mirar. Como lo he estado haciendo últimamente, yendo a la Universidad y en ella, sintiendo. Me apetece viajar, pero de verdad; viajar para mirar, para experimentar, para interiorizar y moverme por dentro; conversar conmigo. Y escuchar a alguien, cualquiera, pues, como en un aleph borgiano, en toda persona está todo.

martes, 8 de enero de 2013

Pro Eros

De la mente de un aristócrata desprestigiado, en lo que se temía el nuevo ocaso, y acaso lo fuera, de una humanidad reincidente afloró ésta en su forma más hermosa. Platón escuchó al presupuesto Sócrates, le lloró, y recorrió media Hélade y algo más para descubrir a los hombres el fuego de Prometeo. La naturaleza parecía tener una estructura a los ojos helenos, y las Matemáticas fijaron semejanzas universales que explicaban las relaciones evidentes del mundo. Pero Sócrates había muerto como consecuencia del vicio de la elocuencia, y la posesión del gobierno debido a la buena posición mercantil o militar actuaba en semejanza con el caos del que cualquier cosa, hasta la injusta muerte de un nuevo Sócrates, podía salir. Si la naturaleza funcionaba en armonía, justicia y belleza en base a unas leyes, ¿por qué no la polis?
Y si el fuego desvelado quemaba al tacto y deslumbraba a los ojos, la partera que fuera Platón se convirtió en criador y de sus palabras creció la mente, por oposición, del culminante Aristóteles. Con el cálamo trazó el horizonte y, a través de un denso entramado léxico, lo significó en belleza, amistad o justicia.
Establecida la lógica como útil para hallar la verdad, para alcanzarla, para identificarnos con ella, para crecer con ella y vivir en conveniencia, y establecido el amor como motor, como causa final, como fin; evidenciada la impresionante belleza de tal empresa, ¿qué nos queda sino avivar la llama? ¿Qué nos queda sino amar?

viernes, 10 de febrero de 2012

In media res

 Las hilanderas, Velázquez. Imagen tomada de: http://www.artelista.com/ypimages/Huge/10/MWM09988.jpg

Las historias suceden todas in media res. En una obra de teatro no hay protagonista que nazca en el desarrollo, y si lo hace, arrastra tras de sí un pasado propio del argumento, la imaginación, la precuela o la obra misma. Hasta el relato del Génesis bíblico, aún en el caso paradójicamente hipotético de que fuera histórico, tiene un "pasado" "x" en la figura eterna de Él, incluso sin haber habido tiempo. Toda historia está dejada por una mano invisible en el seno de otra historia que la incluye, que a su vez constituye otra más grande junto a otras de su misma dimensión. Y así como las historias se integran dentro de otras, nosotros, lo que quiera que seamos realmente, nos integramos en su fuero interno como historia. Y, como ellas, en tanto que somos homólogos, lo hacemos in media res. De repente abrimos los ojos y somos conscientes de un pasado que no recordamos vivir y de un futuro, no diré hipotético (muy pocos tienen la racionalidad suficiente para hacer de su futuro una hipótesis), figurado. Y aunque al final la obra termine, la historia sigue más allá, en la imaginación de cada uno o en la secuela a la que precede. Y eso que no creo en las secuelas propiamente dichas. No porque "segundas partes nunca fueran buenas" -lo cual no es cierto-, sino porque la secuela de una obra no aparece como tal en la mente de los que la integran. Vale que cualquier instante posterior puede ser la secuela del anterior (como de hecho es). Pero si dividimos antrópicamente el mundo en fracciones manejables. Más allá de nosotros no hay fragmentos. Solo todo. Como el que conformarían precuela y secuela. Como lo que creen los personajes.

Andaba tratando de recordar cómo descubrí aquél lugar. Pronto recordé que yo, si algo descubrí, y únicamente para mí, fue algún detalle de él. Si acaso alguna imagen mental. Pero el espacio físico y representativo me lo enseñó mi madre, un día, haciendo tiempo -ojalá se pudiera- por los barrios de la capital.Quizá también en ése otro entonces que relato estuviera descubiréndolo de algún modo, pero quién sabe. Puede incluso que jamás haya ido. Anoche soñé que maté a un hombre por segunda vez. No que lo maté dos veces o que soñé que lo mataba dos veces. Ambas. De madrugada, aterrizando sobre mi cuerpo sentado a un lado de la cama, he pensado que quizá sólo haya soñado una vez que mataba a un hombre dos veces en dos sueños. Quizá con el punto y final de esta glosa solipsista despierte y me extrañe de tan ralo sueño antes de disponerme a matar por tercera vez al mismo hombre.
La mujer seguía en lo alto del pedestal, encorvada sobre el canal circular al que vertía agua interminable. Era como una versión femenina de Cronos rociando tiempo sin parar. Esta vez el antaño florido jardín que cercaba a la mujer me decepcionó por su aridez; el caballo de Atila debió de ser una ola de frío siberiano. Donde siempre, o eso pensé, me senté a leer. Primero el lugar, ya luego un libro. Una paloma dibujó un arco en mi memoria en grácil vuelo desde la espalda hasta no recuerdo dónde. Ante mí, las personas coincidentes desfilaban ignorando proyecciones de mi discurrir.
Leído algo, muy poco, me levanté para abandonar por enésima vez aquél lugar oculto al trasiego rutinario; apenas sombra marchita del lirio blanco del pasado; eco atávico de nanas ancilares para "señoritos"...
La mujer seguía dándome la espalda. Su rostro estaba al otro lado, más allá, quizá en otro entonces. Inferí que era como el nombre de Dios, oculto bajo epítetos inservibles, o como el nuestro, velado tras antropónimos arbitrarios. Me fui de allí satisfecho, pero recordando que no sabía quién era. Me han puesto aquí, ahora también sobre una silla, y no sé por qué. Ni para qué. Ni quién soy. Si soy.
Ya sé que incurro en tautología, pero aún no lo he superado. Que un fragmento esté dentro de otro que está dentro de otro, así hasta el infinito, convierte cualquiera de ellos en nada. Y aunque los fragmentos sean artificiales, tampoco su ausencia explica un principio y un fin. Y sin ellos no hay absoluto. Sin ellos no hay nada.
Somos historia.

En este momento, tengo la sospecha personal de que el universo no sólo es más extraño de lo que suponemos, sino más extraño incluso de lo que somos capaces de suponer.

John Burdon Sanderson Haldane