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lunes, 20 de mayo de 2013
Amanece ahora, que lo es todo
Ahora parece que, como en Insomnio, esa gran película de Nolan, la Noche pase desapercibida y el atardecer se transforme, sutil, disimulado, secretamente, en un amanecer invisible, en un amanecer que está en el aire, en el estor subido, como un velo apartado, como un telón corrido; en la piel, en la ligereza del pecho, en las silentes horas, en la música compartida. Todo lo demás es ruido.
jueves, 16 de mayo de 2013
Como por resquicios
La Noche cae como un telón de terciopelo con alas de murciélago y ojos cóncavos de calavera del desierto. Estoy bien. A veces no hay que mudarse de casa para cambiar de aires; basta con moverte unos centímetros a la derecha o a la izquierda del teclado o de las huellas, o con inclinar un poco la cabeza, como mirando por encima del hombro, y ver lo que hay más allá de la abismal eternidad de la rutina o del gris industria del adoquinado, como si la realidad fuese como La Noche, un telón, pero arrugado y viejo y con resquicios ocultos por donde colarse para ver La Calle, como en El mundo de Juan José Millás. La vida es una maravilla, por Dios.
miércoles, 15 de mayo de 2013
La Sirena
Carajo, qué imagen. Si es que es bonita como ella sola. Cantos de sirena, Gonzalo; déjate, déjate que nos conocemos de lejos. Escucha esa guitarra, apura esa botella, dale vida a ese libro que aguarda ahí, como haciendo cola sobre los demás; que todo eso va bien, acalla. Y saber acallar es una virtud entre las virtudes. "¡Y no!" que diría el padre. Con lo que desgasta el ruido... estamos como para negar un chato, o como para negarnos a un atardecer de estos de primavera, entregándonos a la cancerígena desidia. Déjate. Eso son cantos de sirena. Pero cómo suenan.
jueves, 2 de mayo de 2013
El burro que emerge de noche de La Noche
El Estado. El estado en que me encontraba aquella tarde. Y aquella noche. Y la otra. No quiero recordar. Qué momento. Había olvidado. ¿Por qué lo hacemos? Vuelvo a saber, y por eso ahora recuerdo, que es lo mismo, lo que puede hacer un atardecer acariciando tu rostro un día cualquiera de abril, o de mayo, o de primavera. Y sólo eso. Y The Doors, o un concierto de pájaros, o un vino a ciegas. O una mujer. O La Mujer. Y también los Grandes Apuros con un amigo desde siempre. O el dulce amargo de un capítulo breve de Rayuela o de Bukowski. Cuánta razón, Nota.
lunes, 18 de febrero de 2013
Anonimia
Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. El paso de cebra nos separaba al tiempo que nos unía en el espacio. Mi cabeza giraba, seguida levemente por el cuerpo, hacia donde venían los anónimos coches, acogiendo en su plenitud la caricia mortecina de los rayos de un Sol en consonancia vespertino. Sentía relajación en todo el cuerpo, como si esos rayos fuesen la corriente de un jacuzzi de calma, y no recuerdo que pensaba. A la suficiente distancia para no poder definirlos con claridad se acercaba una pareja y lo que parecía ser su hijo, en brazos del hombre. Él aparentaba tener más de cuarenta años, aunque no muchos más. Y ella... ella me recordó a alguien que ya había visto, una muchacha que debía de vivir en mi mismo pueblo. Una muchacha anónima, insignificante para mí. La escena me resultó como una premonición, como un flashforward hacia el futuro de esa chica cualquiera. Al llegar a la orilla de la acera, cuando yo daba mis últimos pasos hacia la misma, ella me miró. El hombre reía divertido con el niño que portaba entre sus brazos, mostrándome su perfil izquierdo, y ella, más allá, separada por un espacio de alrededor de un metro, recogía una sonrisa prieta que no ocultaba unos ojos turbados. Me miró, como cuando un niño aburrido de tanto juego mira por la ventana hacia la oscura tarde de un día lluvioso, no sé si buscándose en el reflejo de la ventana que eran mis gafas, o si encontrándome, subjetivo, otro, anónimo entre la niebla de una vigilia inescrutable.
jueves, 7 de febrero de 2013
Maldito Oliveira. Qué coño, ¡Que viva Latinoamérica!
La noria gira, pero yo estoy en pausa, confuso, sobre la cubierta de un barco a la deriva llamado Rocinante, bebiendo Chivas y oyendo el eco rasgado, lejano, casual, de Jelly Roll Morton; cauterizando heridas crónicas del alma y evocando atavismos. El temporal de fuera metaforiza el de dentro. Inquietos ambos (o el único, pues quizá sean el mismo), veleidosos. Ocasionalmente clarea y respiro la calma de la tregua en el "1, 2, 3, 4, 5 y ¡6!" de una niña en la escalera o en el regalo de un amigo que me aviva. A mí y a la Llama. ¡Oh, Dios! Una eternidad de esas que duran un momento en una mirada correspondida. No hay Zeus que resista eso.
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jueves, 24 de enero de 2013
Como en un aleph borgiano.
No, ahora solo me apetece salir, y caminar, y mirar. Como lo he estado haciendo últimamente, yendo a la Universidad y en ella, sintiendo. Me apetece viajar, pero de verdad; viajar para mirar, para experimentar, para interiorizar y moverme por dentro; conversar conmigo. Y escuchar a alguien, cualquiera, pues, como en un aleph borgiano, en toda persona está todo.
sábado, 8 de diciembre de 2012
Dafne Azahara
Un cigarro, y su evadirse sinuoso en la noche de un eclipse; un atisbo difuso de puentes etéreos; el eco aún dulce de la canción de un ruiseñor; la Luna llena en lo profundo de dos lagos; una ruta ciega al mar; aroma en los pétalos de un azahar distante.
El reflejo de un rostro en las aguas inquietas del olvido. Una efigie sin mesura. Un nombre. Eso es.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Nubes de Levante
Dalí, 'Mi esposa desnuda'. Extraído de: http://www.epdlp.com/fotos/dali5.jpg
Me vi por un instante recorriendo el tramo que precede al confín verde, frío, susurrante, de mi Escocia, a la zaga de una sombra efímera casual, perecedera, y desatado de cualquier cadena erótica; idílico sueño, acaso premonitorio, de un estado libre, volátil, enjundioso; solitario.
La atracción ineluctable de dejar de ser en uno para ser Ella y en Ella me ha devuelto, cerrando de nuevo el círculo, a girarme sobre la cuerda de funambulista que me sostiene. O acaso debido al vértigo existencial de verme sobre el inmenso, infinito, aniquilador, anonadador abismo del ser supuesto. Qué más da. Lo que importa es a dónde se la llevaba aquella lombriz urbana, y quién era ella. Sin velos, sin perfumes, sin ensoñaciones.
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viernes, 30 de noviembre de 2012
"Meu amor marinheiro"
Carminho, Meu amor marinheiro. Vídeo extraído de: http://www.youtube.com/watch?v=uez3xGXj7go
Se hundirían, en desuso, bajo el frío lodo del olvido. Pero algo se aferra a mí, dentro y fuera, y retorna en forma de acendradas confesiones y amores tan fugaces que duelen de hermosura. Quién fuera a decirme, ni mi mente desbocada galopando por etéreos prados de noches oníricas, que meu amor sería un amor marinheiro, de paso por el puerto bajo el eco reluciente de una estrella agónica. Y a más que a trote atisbo a un lado y otro veredas albinas que llevan a sueños; visiones de risa, amor y machina, de Baco y de Febo, donde meu amor marinheiro navega eterno por la infinitud de sí mismo en esos ojos valencianos. Como la cata de un Oporto cualquiera, dulce, efímero, insuficiente, irrepetible.
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miércoles, 21 de noviembre de 2012
En el túnel.
Vino. Qué momentos. Parece que se valga más del olfato para dársenos que del paladar, socavado, viciado. Y eso que, pienso, tengo uno de esos olfatos inválidos que se repartieron el día en que nací. Debe de ser especial. Acaso vago, o esteta, o todo a la vez.
Dejo la copa sobre la mesa y ya no trato que sea en ese silencio imposible para las vajillas. Repentinamente, la miro un instante, absorto en verdad en no sé qué desvíos, sin fijarme, apenas percibiendo el brillo turquesa de sus ojos, el resplandor platino de su pelo. Más allá de las columnas que sostienen la terraza bajo la que estamos sentados pasa una madre, delgada, con el cabello castaño brillante recogido en una coleta limpia, como un pincel, y se agacha, turbada por un pensamiento distante, sobre el niño que se desliza bajo el cinturón del carricoche. Hasta eso es hermoso, caray, pienso. ¿Has visto la película que te... "dejé"?, acierta a decir ella en esa media lengua que adoptan provisionalmente los extranjeros hasta que, inevitablemente, aprenden nuestro idioma, el de verdad, el semántico y no esa montera fonética que sirve poco más que como pasaporte cultural. No. Estoy parco, distante. Estoy fuera. En seguida me doy cuenta y vuelvo a la mesa, a la terraza, al humo de su cigarro, y me incorporo en la silla de mimbre. Pensaba verla esta noche, es que he tenido mucho trabajo y no he tenido tiempo. Pero quiero verla, me llama mucho la atención, enarbolo rápidamente. Es una contestación evasiva, formal, de trámite; dice y no dice. De pronto su rostro se turba y percibo de inmediato la frustrante confusión de no poder entender lo que te están diciendo. Que he tenido trabajo. La veré hoy, esta noche. Me... "interesa". Ahora todo está claro. Su boca se abre, y sus ojos, que parecen querer tragarlo todo, hundirlo en su azul, quizá ahogarlo dentro y hacerlo así suyo para siempre. No puedo evitar reírme, pero de encanto, del suyo, del que me retiene sentado aunque un demonio de los de dentro me impele a que me levante y camine, o que busque, o vete a saber qué. Qué hermoso es todo, caray. ¿Hay en tu país iglesias como esta?.
Dejo la copa sobre la mesa y ya no trato que sea en ese silencio imposible para las vajillas. Repentinamente, la miro un instante, absorto en verdad en no sé qué desvíos, sin fijarme, apenas percibiendo el brillo turquesa de sus ojos, el resplandor platino de su pelo. Más allá de las columnas que sostienen la terraza bajo la que estamos sentados pasa una madre, delgada, con el cabello castaño brillante recogido en una coleta limpia, como un pincel, y se agacha, turbada por un pensamiento distante, sobre el niño que se desliza bajo el cinturón del carricoche. Hasta eso es hermoso, caray, pienso. ¿Has visto la película que te... "dejé"?, acierta a decir ella en esa media lengua que adoptan provisionalmente los extranjeros hasta que, inevitablemente, aprenden nuestro idioma, el de verdad, el semántico y no esa montera fonética que sirve poco más que como pasaporte cultural. No. Estoy parco, distante. Estoy fuera. En seguida me doy cuenta y vuelvo a la mesa, a la terraza, al humo de su cigarro, y me incorporo en la silla de mimbre. Pensaba verla esta noche, es que he tenido mucho trabajo y no he tenido tiempo. Pero quiero verla, me llama mucho la atención, enarbolo rápidamente. Es una contestación evasiva, formal, de trámite; dice y no dice. De pronto su rostro se turba y percibo de inmediato la frustrante confusión de no poder entender lo que te están diciendo. Que he tenido trabajo. La veré hoy, esta noche. Me... "interesa". Ahora todo está claro. Su boca se abre, y sus ojos, que parecen querer tragarlo todo, hundirlo en su azul, quizá ahogarlo dentro y hacerlo así suyo para siempre. No puedo evitar reírme, pero de encanto, del suyo, del que me retiene sentado aunque un demonio de los de dentro me impele a que me levante y camine, o que busque, o vete a saber qué. Qué hermoso es todo, caray. ¿Hay en tu país iglesias como esta?.
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viernes, 29 de junio de 2012
Necrológica, sostengo.
Si el océano fuera mensurable, si cupiese en una crónica la eternidad,
habría rodado un mes el reloj de arena que lanzamos aquella tarde de
primavera lombarda.
Tres éramos, casuales pero generalizantes en una trinidad tan azarosa como análoga de la omnipresencia divina, epígonos del infinito tres. Soñábamos que éramos y que nada más había, acaso vislumbrando. Tras una niebla inextricable yacían, en la eternidad de lo pretérito, las razones y azares precedentes de aquel instante. Habíamos llegado a aquel punto del universo (ilocalizable realmente aunque con mucho de alpino en el prejuicio) sin saber cómo y como si lo hubiéramos sabido.
Bajo nuestros pies latía tenue la Tierra. La magmática sangre de la madre apenas llegaba a aquella dorsal, no obstante la vida era frecuente, y no obstante Dios lloraba. Abajo, en lo profundo de la superficie, donde se siente, donde se vive, en el Limbo liminal de vida y muerte, de vida y sueño, del pasivo y el activo... Porque no vivimos ni en la estela que deja el vuelo de un gorrión ni la ilusión que fabrica el corazón, dentro; vivimos en la piel; abajo, en el fondo del valle, un lago de lágrimas de un Dios veleidoso, de un Dios mudante. Yo arranqué con las uñas de mi felicidad un puñado de arena del granito que nos soportaba, y se perdió entre mis dedos húmeda de mis lágrimas.
Uno de esos granos de arena sería yo, retornando a aquel instante en otro, cayendo ladera abajo, chocando contra el vidrio, húmedo.
Un instante, aunque perdido en el océano de los recuerdos muertos, fue en su momento. Y en él, un rostro eterno en algún lugar ha muerto por dos veces. No se llora por la muerte. Se llora por el olvido.
Ha muerto un rostro.
Tres éramos, casuales pero generalizantes en una trinidad tan azarosa como análoga de la omnipresencia divina, epígonos del infinito tres. Soñábamos que éramos y que nada más había, acaso vislumbrando. Tras una niebla inextricable yacían, en la eternidad de lo pretérito, las razones y azares precedentes de aquel instante. Habíamos llegado a aquel punto del universo (ilocalizable realmente aunque con mucho de alpino en el prejuicio) sin saber cómo y como si lo hubiéramos sabido.
Bajo nuestros pies latía tenue la Tierra. La magmática sangre de la madre apenas llegaba a aquella dorsal, no obstante la vida era frecuente, y no obstante Dios lloraba. Abajo, en lo profundo de la superficie, donde se siente, donde se vive, en el Limbo liminal de vida y muerte, de vida y sueño, del pasivo y el activo... Porque no vivimos ni en la estela que deja el vuelo de un gorrión ni la ilusión que fabrica el corazón, dentro; vivimos en la piel; abajo, en el fondo del valle, un lago de lágrimas de un Dios veleidoso, de un Dios mudante. Yo arranqué con las uñas de mi felicidad un puñado de arena del granito que nos soportaba, y se perdió entre mis dedos húmeda de mis lágrimas.
Uno de esos granos de arena sería yo, retornando a aquel instante en otro, cayendo ladera abajo, chocando contra el vidrio, húmedo.
Un instante, aunque perdido en el océano de los recuerdos muertos, fue en su momento. Y en él, un rostro eterno en algún lugar ha muerto por dos veces. No se llora por la muerte. Se llora por el olvido.
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viernes, 23 de marzo de 2012
Amarillo
Se difumina el bosquejo, algo atrás. Las líneas, como encantadas por la melodía de un punji, emergen siseantes del papel y nos envuelven, distintas, asombrosas. Ahora no se pensó, pero se disfruta más, si cabe, que si se hubiera vaticinado, o que si hubiera sido tal como ideamos. De pronto llueve una cita, y por ella brotan en las entrañas nuevas sendas, nuevos ritos, horizontes paralelos; o se improvisa una acción, e ignorando los ladridos del gigante moralista, se bebe de la fuente ofrecida, del presente que él nos da.
El antes carboncillo en filas es ahora la cordialidad de una flor que se ve marchita pero que desborda vida por los surcos de su piel; es la casa amarilla de la esquina, abuelo; es la delicadeza de un amor desesperado que irradia luces; es un rostro atávico que cruza por delante, un momento; es la sombra de una mujer que envejece veinte años en lo que duran quince pasos; es el azar, la sorpresa, la ilusión, la nada que quiere llenarse, inundando mi cuerpo hasta los dedos, desbordándose por la fina membrana que son mis yemas hasta plasmar libelos, de música, de pintura, de vida, en alguna pared, también con sus ladrillos, con su historia, con su final...
El antes carboncillo en filas es ahora la cordialidad de una flor que se ve marchita pero que desborda vida por los surcos de su piel; es la casa amarilla de la esquina, abuelo; es la delicadeza de un amor desesperado que irradia luces; es un rostro atávico que cruza por delante, un momento; es la sombra de una mujer que envejece veinte años en lo que duran quince pasos; es el azar, la sorpresa, la ilusión, la nada que quiere llenarse, inundando mi cuerpo hasta los dedos, desbordándose por la fina membrana que son mis yemas hasta plasmar libelos, de música, de pintura, de vida, en alguna pared, también con sus ladrillos, con su historia, con su final...
domingo, 4 de marzo de 2012
Déjà vécu
De súbito sentí. Lo sentí. Luces, colores, el murmullo uniforme de las voces… todo se me entregaba con plenitud, permeando allende mis umbrales hasta el tuétano. También la pareja que subía a duras penas el único peldaño de la tarima. No hubo expectación, pero sí un desborde de lágrimas que arrasó con las presas de la indiferencia. Y no fue entonces cuando lo sentí, el momento, el instante, la vida, lo que es, pero quizá aquello destruyera todo obstáculo entre el fondo y lo sensacional. Algo después se me apareció él por sí solo en todo su esplendor, en toda su magnificencia. Desnudo, quedé prendado. Pensé que desde algún lugar y tiempo donde en verdad estaba recordaba todo aquello con tanta intensidad que sentía que volvía a vivirlo. Me supe viejo, acabado, indefenso ante el rodillo de las horas. La nostalgia por aquel momento que recordaba en perfecta simultaneidad con su existencia y percepción inundó mis ojos.
-Míralo, si se ha emocionado… -apuntó divertida la voz de otro comensal.
-Por enésima vez tengo la oportunidad de vivir este momento eterno –quise responder-. Por enésima vez vuelvo aquí, al ahora, al fluir, a la vida. Por enésima vez me abandona, aburrida, la muerte, ahora acaso sentada en la barra de algún bar, esperando que calle la canción y volvamos, una vez más, a la mar.
lunes, 30 de enero de 2012
Sueño compartido de un puente
Pintura de Jackson Pollock. Disponible en: http://mezcolanzas.wordpress.com/2011/02/08/jackson-pollock/
Sin paraguas, la lluvia artificial me atraviesa en ceremonia rutinaria. Los automatismos interiores, expresados en lo visible por multitud de relojes y máquinas de vapor, ignoran más si cabe la inminencia de su nueva derrota.
Tan pronto como el son del agua penetra por mi columna, las hormonas sacan a bailar neuronas y comienza la vida, donde los colores y los sonidos trazan formas con capricho. Calla el daimon, se apagan las velas y cesa el ritmo de la tuna. En la 'caída' de la memoria los relojes se derriten. Los números se voltean en danzas callejeras. Solo existe el fenómeno; el frente y su dinámica. Ni antes, ni ahora ni después; ni aquí, ni allí, ni allá. Ni cuándo ni dónde. Sensación.
Anaxágoras lo pensó; Borges lo escribió; Pollock lo pintó. Los tres lo soñaron.
El universo en un instante. El universo en un punto.
El aleph.
martes, 24 de enero de 2012
Hoja de papel
Linkin Park. Requiem. Disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=p_QApP7jtbU
Haciendo camino en alguna parte el deseo por una paloma sesgó el cielo. Se gestaba entonces el crepúsculo. Veleidoso, mi pensamiento alzó el vuelo y siguió a la paloma para ver el mundo. Para ver. Y por él vi el tiempo, y el epígono que somos, y el que serán nuestros hijos. Vi una huérfana nostalgia romántica por lo medieval cuando no lo era, y vi también, en la distancia de los tiempos, su reencarnación por el hoy cuando ya no lo sea. Vi lo absurdo de una historia tautológica y la necesidad de una conciencia crítica. Clamé al cielo la resurrección de Ortega un domingo cualquiera, pero entonces vi que el cielo era una hoja de papel sesgada por una paloma enajenada. De su herida llovían serpientes como lágrimas. Una vino a caer a mis brazos y me miró a los ojos con dos ópalos que se querían abrir y dar al mundo lo que guardaban tras de sí. Yo curioseé por la hendidura esperando ver las nueve musas y vi un dios asustado por mil soles.
Fue entonces cuando habló la serpiente, pero su voz no salió de su boca sino que llegó de todas partes y de ninguna. Yo supe que esa voz no había sonado porque no podía ser pretérita. Supe que esa voz sonaba en el profundo lago de la existencia desde los albores de la eternidad y que sonaría hasta el atardecer en el que los tiempos descendieran por el horizonte.
-Sólo es la ilusión de un recuerdo. Como la paloma que ha cortado en dos el cielo.
Pero sus ojos no podían mentir con tanta solemnidad como su voz. Enmascarado de lucidez, la dejé caer porque pensé que la serpiente no era más que un mito desfasado. Incrédulo, observé cómo, tras dar con el suelo, se enroscó sobre sí misma y creció hasta formar un hermoso y cetrino manzano. Como en un sueño en el que olvidas de súbito el pasado fui a coger una manzana que saciara un hambre repentina, pero aquel manzano no las daba. Aquel manzano engendraba espejos. Espejos ovalados que reflejaban el panorama surrealista de mi estancia. Espejos ovalados que reflejaban un pensamiento volar errático tras una paloma alienada. Espejos ovalados que reflejaban la visión de la visión de una visión en la que era yo.
Y me vi. De pie, quieto. Y en mi rostro dos ópalos hendidos. Y en ellos, el fuego de mil soles.
martes, 17 de enero de 2012
El beso de Alba
En atípico invierno también amanece.
Lo sabe el gallo, que sonroja al cielo ya desnudo de estrellas. También los viejos, que componen las aceras con románticos versos.
Entonces, orondo, el artista se descubre y viste los árboles con traje de luces. A ellos van casuales, ensoñados, los pájaros como pañolada que pide rabo y dos orejas.
Cuando llego yo, absorto, quiero concederlas, y ser ellos, y ser los árboles, y el gallo, y su canto, y hasta el verso de los viejos. Quiero serlo todo y para todo y fundirme en la eternidad de un instante.
Pronto una ninfa me lleva al sensual baile de brisas y olores, de notas y colores. Me embriaga la vida hasta el éxtasis. El tiempo abandona mi mano y me pierdo en la volputusidad. De repente, el Sol se erige y aniquila las sombras.
En atípico invierno también atardece.
Lo sabe el gallo, que sonroja al cielo ya desnudo de estrellas. También los viejos, que componen las aceras con románticos versos.
Entonces, orondo, el artista se descubre y viste los árboles con traje de luces. A ellos van casuales, ensoñados, los pájaros como pañolada que pide rabo y dos orejas.
Cuando llego yo, absorto, quiero concederlas, y ser ellos, y ser los árboles, y el gallo, y su canto, y hasta el verso de los viejos. Quiero serlo todo y para todo y fundirme en la eternidad de un instante.
Pronto una ninfa me lleva al sensual baile de brisas y olores, de notas y colores. Me embriaga la vida hasta el éxtasis. El tiempo abandona mi mano y me pierdo en la volputusidad. De repente, el Sol se erige y aniquila las sombras.
En atípico invierno también atardece.
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