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lunes, 20 de mayo de 2013
Amanece ahora, que lo es todo
Ahora parece que, como en Insomnio, esa gran película de Nolan, la Noche pase desapercibida y el atardecer se transforme, sutil, disimulado, secretamente, en un amanecer invisible, en un amanecer que está en el aire, en el estor subido, como un velo apartado, como un telón corrido; en la piel, en la ligereza del pecho, en las silentes horas, en la música compartida. Todo lo demás es ruido.
miércoles, 15 de mayo de 2013
La Sirena
Carajo, qué imagen. Si es que es bonita como ella sola. Cantos de sirena, Gonzalo; déjate, déjate que nos conocemos de lejos. Escucha esa guitarra, apura esa botella, dale vida a ese libro que aguarda ahí, como haciendo cola sobre los demás; que todo eso va bien, acalla. Y saber acallar es una virtud entre las virtudes. "¡Y no!" que diría el padre. Con lo que desgasta el ruido... estamos como para negar un chato, o como para negarnos a un atardecer de estos de primavera, entregándonos a la cancerígena desidia. Déjate. Eso son cantos de sirena. Pero cómo suenan.
jueves, 2 de mayo de 2013
El burro que emerge de noche de La Noche
El Estado. El estado en que me encontraba aquella tarde. Y aquella noche. Y la otra. No quiero recordar. Qué momento. Había olvidado. ¿Por qué lo hacemos? Vuelvo a saber, y por eso ahora recuerdo, que es lo mismo, lo que puede hacer un atardecer acariciando tu rostro un día cualquiera de abril, o de mayo, o de primavera. Y sólo eso. Y The Doors, o un concierto de pájaros, o un vino a ciegas. O una mujer. O La Mujer. Y también los Grandes Apuros con un amigo desde siempre. O el dulce amargo de un capítulo breve de Rayuela o de Bukowski. Cuánta razón, Nota.
domingo, 27 de enero de 2013
Fuera del caleidoscopio
U2, Bad. En línea: http://www.youtube.com/watch?v=SrBOap-EObY
Volver a escuchar música olvidada me evoca otros tiempos, y en su renacer renazco también yo, de nuevo. Quizá sea ahora lo mismo que fuera entonces y que seré siempre, aunque el caleidoscopio de las circunstancias me pluralice y confunda con frecuencia. Blanco o negro, lo que importa es darse. Y aunque mejor cuanto mejor, lo que importa es darse. Cuanto dure este regalo de nacimiento que es nuestro tiempo.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
En el túnel.
Vino. Qué momentos. Parece que se valga más del olfato para dársenos que del paladar, socavado, viciado. Y eso que, pienso, tengo uno de esos olfatos inválidos que se repartieron el día en que nací. Debe de ser especial. Acaso vago, o esteta, o todo a la vez.
Dejo la copa sobre la mesa y ya no trato que sea en ese silencio imposible para las vajillas. Repentinamente, la miro un instante, absorto en verdad en no sé qué desvíos, sin fijarme, apenas percibiendo el brillo turquesa de sus ojos, el resplandor platino de su pelo. Más allá de las columnas que sostienen la terraza bajo la que estamos sentados pasa una madre, delgada, con el cabello castaño brillante recogido en una coleta limpia, como un pincel, y se agacha, turbada por un pensamiento distante, sobre el niño que se desliza bajo el cinturón del carricoche. Hasta eso es hermoso, caray, pienso. ¿Has visto la película que te... "dejé"?, acierta a decir ella en esa media lengua que adoptan provisionalmente los extranjeros hasta que, inevitablemente, aprenden nuestro idioma, el de verdad, el semántico y no esa montera fonética que sirve poco más que como pasaporte cultural. No. Estoy parco, distante. Estoy fuera. En seguida me doy cuenta y vuelvo a la mesa, a la terraza, al humo de su cigarro, y me incorporo en la silla de mimbre. Pensaba verla esta noche, es que he tenido mucho trabajo y no he tenido tiempo. Pero quiero verla, me llama mucho la atención, enarbolo rápidamente. Es una contestación evasiva, formal, de trámite; dice y no dice. De pronto su rostro se turba y percibo de inmediato la frustrante confusión de no poder entender lo que te están diciendo. Que he tenido trabajo. La veré hoy, esta noche. Me... "interesa". Ahora todo está claro. Su boca se abre, y sus ojos, que parecen querer tragarlo todo, hundirlo en su azul, quizá ahogarlo dentro y hacerlo así suyo para siempre. No puedo evitar reírme, pero de encanto, del suyo, del que me retiene sentado aunque un demonio de los de dentro me impele a que me levante y camine, o que busque, o vete a saber qué. Qué hermoso es todo, caray. ¿Hay en tu país iglesias como esta?.
Dejo la copa sobre la mesa y ya no trato que sea en ese silencio imposible para las vajillas. Repentinamente, la miro un instante, absorto en verdad en no sé qué desvíos, sin fijarme, apenas percibiendo el brillo turquesa de sus ojos, el resplandor platino de su pelo. Más allá de las columnas que sostienen la terraza bajo la que estamos sentados pasa una madre, delgada, con el cabello castaño brillante recogido en una coleta limpia, como un pincel, y se agacha, turbada por un pensamiento distante, sobre el niño que se desliza bajo el cinturón del carricoche. Hasta eso es hermoso, caray, pienso. ¿Has visto la película que te... "dejé"?, acierta a decir ella en esa media lengua que adoptan provisionalmente los extranjeros hasta que, inevitablemente, aprenden nuestro idioma, el de verdad, el semántico y no esa montera fonética que sirve poco más que como pasaporte cultural. No. Estoy parco, distante. Estoy fuera. En seguida me doy cuenta y vuelvo a la mesa, a la terraza, al humo de su cigarro, y me incorporo en la silla de mimbre. Pensaba verla esta noche, es que he tenido mucho trabajo y no he tenido tiempo. Pero quiero verla, me llama mucho la atención, enarbolo rápidamente. Es una contestación evasiva, formal, de trámite; dice y no dice. De pronto su rostro se turba y percibo de inmediato la frustrante confusión de no poder entender lo que te están diciendo. Que he tenido trabajo. La veré hoy, esta noche. Me... "interesa". Ahora todo está claro. Su boca se abre, y sus ojos, que parecen querer tragarlo todo, hundirlo en su azul, quizá ahogarlo dentro y hacerlo así suyo para siempre. No puedo evitar reírme, pero de encanto, del suyo, del que me retiene sentado aunque un demonio de los de dentro me impele a que me levante y camine, o que busque, o vete a saber qué. Qué hermoso es todo, caray. ¿Hay en tu país iglesias como esta?.
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viernes, 23 de marzo de 2012
Amarillo
Se difumina el bosquejo, algo atrás. Las líneas, como encantadas por la melodía de un punji, emergen siseantes del papel y nos envuelven, distintas, asombrosas. Ahora no se pensó, pero se disfruta más, si cabe, que si se hubiera vaticinado, o que si hubiera sido tal como ideamos. De pronto llueve una cita, y por ella brotan en las entrañas nuevas sendas, nuevos ritos, horizontes paralelos; o se improvisa una acción, e ignorando los ladridos del gigante moralista, se bebe de la fuente ofrecida, del presente que él nos da.
El antes carboncillo en filas es ahora la cordialidad de una flor que se ve marchita pero que desborda vida por los surcos de su piel; es la casa amarilla de la esquina, abuelo; es la delicadeza de un amor desesperado que irradia luces; es un rostro atávico que cruza por delante, un momento; es la sombra de una mujer que envejece veinte años en lo que duran quince pasos; es el azar, la sorpresa, la ilusión, la nada que quiere llenarse, inundando mi cuerpo hasta los dedos, desbordándose por la fina membrana que son mis yemas hasta plasmar libelos, de música, de pintura, de vida, en alguna pared, también con sus ladrillos, con su historia, con su final...
El antes carboncillo en filas es ahora la cordialidad de una flor que se ve marchita pero que desborda vida por los surcos de su piel; es la casa amarilla de la esquina, abuelo; es la delicadeza de un amor desesperado que irradia luces; es un rostro atávico que cruza por delante, un momento; es la sombra de una mujer que envejece veinte años en lo que duran quince pasos; es el azar, la sorpresa, la ilusión, la nada que quiere llenarse, inundando mi cuerpo hasta los dedos, desbordándose por la fina membrana que son mis yemas hasta plasmar libelos, de música, de pintura, de vida, en alguna pared, también con sus ladrillos, con su historia, con su final...
jueves, 9 de febrero de 2012
"Another day in paradise"
Miracle drug, U2. Disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=MvtRJicd7sw
Permeando inservibles capas de ropa, el frío, no saciado con mis manos degradadas, cala mis huesos hasta el tuétano. Aunque, dada la situación, para mí eso es algo anodino. Aproximadamente son las tres de la tarde y el Sol, ligeramente escorado hacia el oeste en su apenas iniciado descenso, baña de matices y destellos las hojas de árbles y arbustos. Induzco, ahora que recreo aquella vicisitud, que los coches que no veo ni me importan hacen un ruido embrutecedor ante el que nada puede hacer el ditirambo de los pájaros. Lo que siento, alma a desbordar, es "La Misión" de Morricone filtrándose por mi piel y el cosquilleo de mi nuca que provoca. Una pincelada impresionista y casual surge repentinamente en la profundidad. Su color rojo, al principio no más que una mancha, se gradua progresivamente hasta definir la forma que yo deduje al segundo. La forma de quien me dio la vida. Y la de su sonrisa, filón que colma los huecos baladíes que dejó mi alma al desbordar. Aún suena "La Misión" cuando me quito los auriculares y se difumina el instante con la banalidad de las palabras, las cuales cometen el imperdonable crimen de preterizar el momento y convertirlo en un recuerdo. Osea, en una ilusión. Aunque quizá sea demasiado atrevido insinuar que el instante no lo sea.
Después, la disposición de los platos sobre una mesa redonda, la tonalidad castaña de la estancia, el olor a arroz, el sonido en la distancia de un huevo al batirse, como percusión de una estérea melodía anónima que envuelve el momento; U2, la vegetación insurrecta, el ocaso desparramando tonalidades por doquier...
En todo ello veo otro desborde: el del bote de pintura de algún Artista surrealista. Pero quién sabe. De lo que estoy más convencido es de que hablar del paraíso terrenal es incurrir en plenoasmo; el paraíso es terrenal. O eso, o a veces estoy muerto.
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