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jueves, 2 de mayo de 2013

El burro que emerge de noche de La Noche

El Estado. El estado en que me encontraba aquella tarde. Y aquella noche. Y la otra. No quiero recordar. Qué momento. Había olvidado. ¿Por qué lo hacemos? Vuelvo a saber, y por eso ahora recuerdo, que es lo mismo, lo que puede hacer un atardecer acariciando tu rostro un día cualquiera de abril, o de mayo, o de primavera. Y sólo eso. Y The Doors, o un concierto de pájaros, o un vino a ciegas. O una mujer. O La Mujer. Y también los Grandes Apuros con un amigo desde siempre. O el dulce amargo de un capítulo breve de Rayuela o de Bukowski. Cuánta razón, Nota.

martes, 12 de marzo de 2013

Mierda por el suelo

Ya entonces, en los ajenos tiempos en que descendía a los aseos donde hasta el más pollo era un gallito y me aguantaba la lengua como me aguantaba la mierda, miraba sin verlo el miedo en las baldosas húmedas de agua y orín. Tantas vidas después como ha dado el tiempo, ese miedo bajo de olor a vinagre y reír cruel que entra por el culo resuena en el pecho henchido de los gallos como rezuma en la piel africana de mis manos, como si mis ojos asiáticos estuviesen hundidos en una charca de cemento, mis oídos sin tiempo vueltos hacia una caverna de ecos y mis brazos y piernas impregnados de una mierda que no seca.

sábado, 2 de marzo de 2013

Aunando interminables

Aún no se ha vaciado por completo la verde papelera que hay al lado de mi cabezal y ya le ha caído el primer carozo roído de manzana. Aún no se ha cumplido una semana desde que bajé la cabeza y eché a correr delante de la rutina hacia el sabor de agua de la displicencia y ya me ha dado alcance a causa de mi habitual condescendencia. Aún soslayan mis ojos, heredando una atención agónica, los pasos perdidos de veinte años de soledad. Y lo que pesan en el pecho.

domingo, 17 de febrero de 2013

Stop

Quiero encontrarme con el solaz. Pienso que la palabra es insuficiente. Lo fue en su día, pero dudo, y basta dudar para que las circunstancias avasallen. Quizá sean siempre necesarias para marcar el camino, pero creo que para recorrerlo hay que ser una emoción, una sensación. Que el camino se hace en silencio. Silente, mejor. Un camino tranquilo, relajado, distendido, silencioso. Paz. Quiero que acabe esta guerra incierta. No me importan las batallas ganadas ni el terreno recortado, ni la experiencia de los años ni las debilidades del enemigo. Sólo quiero solaz. Claudicar. Dejarlo todo e irme. Dejarlo todo y regresar. Retornar, volver sobre mis pasos, como Manolo García, pero los míos, los hechos por estos pies de griego, no los de mi padre, como pretendía el barcelonés. Escapar del alucinamiento y del espejismo intermitente, todo lo más que ofrecen las tinieblas del olvido. Como Jean Valjean, responderme quién soy, con todos los números. Quiero ver esos ojos estrábicos mirarme desde la aurora de mis tiempos hasta el ocaso del ayer. Who am I. ¿Un náufrago amnésico? La lengua española diferencia mediante los copulativos "ser" y "estar" el matiz aristotélico entre la esencia y el acto. Quién soy yo. Estoy naufragado. Y estoy amnésico. Pero quién soy yo. "¡¿Quién soy yo!? ¡24601!"

jueves, 14 de febrero de 2013

Noche

En algún lugar entre el fondo de un vaso de trago corto sin fondo y la abertura por donde miro a través, se encuentra el sueño. No sé cómo he dado con él en esta noche eterna. Atrás ha quedado la retahíla gutural de Jelly Roll Morton declamando en el whisky y la resurrección de "los pasos perdidos". Atrás el insomnio palpitante, atrás el morir recalcitrante. Atrás mi mirar mirándome.

jueves, 7 de febrero de 2013

Maldito Oliveira. Qué coño, ¡Que viva Latinoamérica!

La noria gira, pero yo estoy en pausa, confuso, sobre la cubierta de un barco a la deriva llamado Rocinante, bebiendo Chivas y oyendo el eco rasgado, lejano, casual, de Jelly Roll Morton; cauterizando heridas crónicas del alma y evocando atavismos. El temporal de fuera metaforiza el de dentro. Inquietos ambos (o el único, pues quizá sean el mismo), veleidosos. Ocasionalmente clarea y respiro la calma de la tregua en el "1, 2, 3, 4, 5 y ¡6!" de una niña en la escalera o en el regalo de un amigo que me aviva. A mí y a la Llama. ¡Oh, Dios! Una eternidad de esas que duran un momento en una mirada correspondida. No hay Zeus que resista eso.

lunes, 4 de febrero de 2013

Una mano cualquiera

Sobre la piel, pequeños cortes que ahora son ausencias. He dejado Una novelita lumpen encima del portafolios, el de arriba; y como todo, ella me ha dejado a mí también. Siento pinchazos en el pecho, a veces latidos desubicados. Cuando tenía once años, o doce, mis padres y mis abuelos me decían que no era nada, que eso era flato. Tal vez. Ahora pienso que son burbujas, bolsas de vacío que des-aparecen en mi interior cuando la noche se traga el camino y tampoco me encuentro yo. No lo entiendo. Sin embargo, pienso que Emilio Lledó tiene razón: la memoria es la clave. Somos ella; en ella nos identificamos. Y desde ella crecemos, renacemos. Por eso evoqué aquella foto, aquella sorpresa y aquellas amenazas. Porque, conociéndome a mí mismo, al menos en el intento del regressus, he descubierto que son el motor de mi historia. Fuera de estas tres vicisitudes y de la genética, no sé si hay otros mimbres. Y ahora que me doy la espalda con mis ojos, diría que veo entre la niebla que las otras historias también caben en una mano de naipes.

miércoles, 30 de enero de 2013

Hoy es como ayer

Una vida en un delirio. Un parón, y mirar atrás el camino andado, hasta el horizonte del olvido, y atisbarse uno mismo en él, comprendiendo. Comprendiendo que hoy es como ayer. Que en barro nos reconvertiremos. Que aquella foto está dentro, muy dentro, y que el Infierno de Dante está en el alma.

domingo, 27 de enero de 2013

Fuera del caleidoscopio

U2, Bad. En línea: http://www.youtube.com/watch?v=SrBOap-EObY

Volver a escuchar música olvidada me evoca otros tiempos, y en su renacer renazco también yo, de nuevo. Quizá sea ahora lo mismo que fuera entonces y que seré siempre, aunque el caleidoscopio de las circunstancias me pluralice y confunda con frecuencia. Blanco o negro, lo que importa es darse. Y aunque mejor cuanto mejor, lo que importa es darse. Cuanto dure este regalo de nacimiento que es nuestro tiempo.

jueves, 24 de enero de 2013

Como en un aleph borgiano.

No, ahora solo me apetece salir, y caminar, y mirar. Como lo he estado haciendo últimamente, yendo a la Universidad y en ella, sintiendo. Me apetece viajar, pero de verdad; viajar para mirar, para experimentar, para interiorizar y moverme por dentro; conversar conmigo. Y escuchar a alguien, cualquiera, pues, como en un aleph borgiano, en toda persona está todo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Nubes de Levante

Dalí, 'Mi esposa desnuda'. Extraído de: http://www.epdlp.com/fotos/dali5.jpg

Me vi por un instante recorriendo el tramo que precede al confín verde, frío, susurrante, de mi Escocia, a la zaga de una sombra efímera casual, perecedera, y desatado de cualquier cadena erótica; idílico sueño, acaso premonitorio, de un estado libre, volátil, enjundioso; solitario. 
La atracción ineluctable de dejar de ser en uno para ser Ella y en Ella me ha devuelto, cerrando de nuevo el círculo, a girarme sobre la cuerda de funambulista que me sostiene. O acaso debido al vértigo existencial de verme sobre el inmenso, infinito, aniquilador, anonadador abismo del ser supuesto. Qué más da. Lo que importa es a dónde se la llevaba aquella lombriz urbana, y quién era ella. Sin velos, sin perfumes, sin ensoñaciones.

viernes, 29 de junio de 2012

Necrológica, sostengo.

Si el océano fuera mensurable, si cupiese en una crónica la eternidad, habría rodado un mes el reloj de arena que lanzamos aquella tarde de primavera lombarda.
Tres éramos, casuales pero generalizantes en una trinidad tan azarosa como análoga de la omnipresencia divina, epígonos del infinito tres. Soñábamos que éramos y que nada más había, acaso vislumbrando. Tras una niebla inextricable yacían, en la eternidad de lo pretérito, las razones y azares precedentes de aquel instante. Habíamos llegado a aquel punto del universo (ilocalizable realmente aunque con mucho de alpino en el prejuicio) sin saber cómo y como si lo hubiéramos sabido.
Bajo nuestros pies latía tenue la Tierra. La magmática sangre de la madre apenas llegaba a aquella dorsal, no obstante la vida era frecuente, y no obstante Dios lloraba. Abajo, en lo profundo de la superficie, donde se siente, donde se vive, en el Limbo liminal de vida y muerte, de vida y sueño, del pasivo y el activo... Porque no vivimos ni en la estela que deja el vuelo de un gorrión ni la ilusión que fabrica el corazón, dentro; vivimos en la piel; abajo, en el fondo del valle, un lago de lágrimas de un Dios veleidoso, de un Dios mudante. Yo arranqué con las uñas de mi felicidad un puñado de arena del granito que nos soportaba, y se perdió entre mis dedos húmeda de mis lágrimas.
Uno de esos granos de arena sería yo, retornando a aquel instante en otro, cayendo ladera abajo, chocando contra el vidrio, húmedo.

Un instante, aunque perdido en el océano de los recuerdos muertos, fue en su momento. Y en él, un rostro eterno en algún lugar ha muerto por dos veces. No se llora por la muerte. Se llora por el olvido.
Ha muerto un rostro.

martes, 17 de abril de 2012

Si durmiera el ocho

Dieron los buenos días a media tarde. El sudor que emana de la humedad primaveral y de la ropa de inverno había mojado todo el cuerpo recordándole una ducha prefijada, y la desproporción de las horas de vigilia lo atraía hasta el lecho con una fuerza ineluctable. Pero el tiempo apremia. Y se va. Y no espera.

Tiempo después, como tiempo antes, las yemas frotan suavemente el terciopelo negro de la chaqueta, ya viejo y corto, y recuerdan, en lo profundo de uno, casi dos décadas de rito. Algo cae, dentro, y se escapa un suspiro de nostalgia anticipada, presagio de una ausencia. Entonces se abre una ventana y el alma llora en silencio.

Como el rezagado eco de un pasado distante, de nuevo suena la música, tocan los brazos, pesan las cargas, deslumbran las luces, imponen las nubes… Y se va otra vez, similar pero igual en esencia. Se va con el tiempo; se va a la nada. Y nos lleva...

-“¿Y si el tiempo también perdiera algo, como nosotros le perdemos a él?
-Tal vez se pierda a sí mismo, porque no puede volver sobre sí.”

Y llueve.

domingo, 4 de marzo de 2012

Déjà vécu


De súbito sentí. Lo sentí. Luces, colores, el murmullo uniforme de las voces… todo se me entregaba con plenitud, permeando allende mis umbrales hasta el tuétano. También la pareja que subía a duras penas el único peldaño de la tarima. No hubo expectación, pero sí un desborde de lágrimas que arrasó con las presas de la indiferencia. Y no fue entonces cuando lo sentí, el momento, el instante, la vida, lo que es, pero quizá aquello destruyera todo obstáculo entre el fondo y lo sensacional. Algo después se me apareció él por sí solo en todo su esplendor, en toda su magnificencia. Desnudo, quedé prendado. Pensé que desde algún lugar y tiempo donde en verdad estaba recordaba todo aquello con tanta intensidad que sentía que volvía a vivirlo. Me supe viejo, acabado, indefenso ante el rodillo de las horas. La nostalgia por aquel momento que recordaba en perfecta simultaneidad con su existencia y percepción inundó mis ojos.
 -Míralo, si se ha emocionado… -apuntó divertida la voz de otro comensal.
-Por enésima vez tengo la oportunidad de vivir este momento eterno –quise responder-. Por enésima vez vuelvo aquí, al ahora, al fluir, a la vida. Por enésima vez me abandona, aburrida, la muerte, ahora acaso sentada en la barra de algún bar, esperando que calle la canción y volvamos, una vez más, a la mar.

viernes, 10 de febrero de 2012

In media res

 Las hilanderas, Velázquez. Imagen tomada de: http://www.artelista.com/ypimages/Huge/10/MWM09988.jpg

Las historias suceden todas in media res. En una obra de teatro no hay protagonista que nazca en el desarrollo, y si lo hace, arrastra tras de sí un pasado propio del argumento, la imaginación, la precuela o la obra misma. Hasta el relato del Génesis bíblico, aún en el caso paradójicamente hipotético de que fuera histórico, tiene un "pasado" "x" en la figura eterna de Él, incluso sin haber habido tiempo. Toda historia está dejada por una mano invisible en el seno de otra historia que la incluye, que a su vez constituye otra más grande junto a otras de su misma dimensión. Y así como las historias se integran dentro de otras, nosotros, lo que quiera que seamos realmente, nos integramos en su fuero interno como historia. Y, como ellas, en tanto que somos homólogos, lo hacemos in media res. De repente abrimos los ojos y somos conscientes de un pasado que no recordamos vivir y de un futuro, no diré hipotético (muy pocos tienen la racionalidad suficiente para hacer de su futuro una hipótesis), figurado. Y aunque al final la obra termine, la historia sigue más allá, en la imaginación de cada uno o en la secuela a la que precede. Y eso que no creo en las secuelas propiamente dichas. No porque "segundas partes nunca fueran buenas" -lo cual no es cierto-, sino porque la secuela de una obra no aparece como tal en la mente de los que la integran. Vale que cualquier instante posterior puede ser la secuela del anterior (como de hecho es). Pero si dividimos antrópicamente el mundo en fracciones manejables. Más allá de nosotros no hay fragmentos. Solo todo. Como el que conformarían precuela y secuela. Como lo que creen los personajes.

Andaba tratando de recordar cómo descubrí aquél lugar. Pronto recordé que yo, si algo descubrí, y únicamente para mí, fue algún detalle de él. Si acaso alguna imagen mental. Pero el espacio físico y representativo me lo enseñó mi madre, un día, haciendo tiempo -ojalá se pudiera- por los barrios de la capital.Quizá también en ése otro entonces que relato estuviera descubiréndolo de algún modo, pero quién sabe. Puede incluso que jamás haya ido. Anoche soñé que maté a un hombre por segunda vez. No que lo maté dos veces o que soñé que lo mataba dos veces. Ambas. De madrugada, aterrizando sobre mi cuerpo sentado a un lado de la cama, he pensado que quizá sólo haya soñado una vez que mataba a un hombre dos veces en dos sueños. Quizá con el punto y final de esta glosa solipsista despierte y me extrañe de tan ralo sueño antes de disponerme a matar por tercera vez al mismo hombre.
La mujer seguía en lo alto del pedestal, encorvada sobre el canal circular al que vertía agua interminable. Era como una versión femenina de Cronos rociando tiempo sin parar. Esta vez el antaño florido jardín que cercaba a la mujer me decepcionó por su aridez; el caballo de Atila debió de ser una ola de frío siberiano. Donde siempre, o eso pensé, me senté a leer. Primero el lugar, ya luego un libro. Una paloma dibujó un arco en mi memoria en grácil vuelo desde la espalda hasta no recuerdo dónde. Ante mí, las personas coincidentes desfilaban ignorando proyecciones de mi discurrir.
Leído algo, muy poco, me levanté para abandonar por enésima vez aquél lugar oculto al trasiego rutinario; apenas sombra marchita del lirio blanco del pasado; eco atávico de nanas ancilares para "señoritos"...
La mujer seguía dándome la espalda. Su rostro estaba al otro lado, más allá, quizá en otro entonces. Inferí que era como el nombre de Dios, oculto bajo epítetos inservibles, o como el nuestro, velado tras antropónimos arbitrarios. Me fui de allí satisfecho, pero recordando que no sabía quién era. Me han puesto aquí, ahora también sobre una silla, y no sé por qué. Ni para qué. Ni quién soy. Si soy.
Ya sé que incurro en tautología, pero aún no lo he superado. Que un fragmento esté dentro de otro que está dentro de otro, así hasta el infinito, convierte cualquiera de ellos en nada. Y aunque los fragmentos sean artificiales, tampoco su ausencia explica un principio y un fin. Y sin ellos no hay absoluto. Sin ellos no hay nada.
Somos historia.

En este momento, tengo la sospecha personal de que el universo no sólo es más extraño de lo que suponemos, sino más extraño incluso de lo que somos capaces de suponer.

John Burdon Sanderson Haldane

viernes, 27 de enero de 2012

Capicúa

 Detalle del Infierno de la obra "Jardín de las Delicias", de El Bosco. Disponible en:https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi37g66BobK-31rsfC__ciG4aI4mT8KuBgeVMXuM_ANXILua7A9nkkrYbdCz1goeq8aSi3u21Wm6TuG-HuXZ7hPIQgQsnN6WPrDrH1RAaKsp31C9dtuBwUCJ3-3yucDGHNwAuXEr7RAzTtx/s1600/El+Bosco-Jardin+Delicias-Infierno.jpg

Atrás el Gran Pórtico, franqueado ya el umbral con permiso excepcional de San Pedro, un hombre se plantó frente a Dios. Éste, cuya esencia omnipotente, omnipresente y omnisciente debe ser obviada por las exigencias narrativas, alzó la vista de todo y le vio llegar, con su paso artificial, con su mirada vuelta hacia sí, con su alma más que etérea. Debía ser rechoncho, con tez rosada y el pelo corto con claros más allá de la frente, aunque yo no lo sé mejor que Dios, que, además de saberlo todo, lo vio llegar y plantarse enfrente, una vez más.
-Ah, tú otra vez -dijo, como si realmente le hubiese sorprendido, con una voz envolvente que manaba de las profundidades de la eternidad.
Un hombre frunció el ceño.
-¿Otra vez? No, debe usted de haberme confundido con otro.
-No importa. Habla.
-Verá, resulta que estaba yo allá abajo, ya sabe, en la Tierra, en la vida, y, tras un enorme error que cometí…
-Tienes al de abajo frotándose las manos –interrumpió Él divertido.
-Sí, bueno… -un hombre titubeó- Como le iba diciendo, hice algo que no debía haber hecho, pero lo hice por desconocimiento, por ignorancia; si hubiese sabido lo que pasaría después de hacerlo, ¡demonios! –un hombre se avergonzó y sus mejillas se tiñeron de un color rosáceo- ¡Oh, perdón! Qué falta de respeto… -al fin se recobró y se dispuso a proseguir- Bueno, como le decía, si hubiera sabido de antemano lo que más tarde pasaría… En fin, ya sabe, no lo hubiera hecho. -Dios le miró fijamente, invitándolo sutilmente a que continuara con su retaíla de imprecisiones repetitivas- Así que, tras cavilar durante mucho tiempo sobre ello, llegué a la conclusión de que, si las personas cometemos errores, no es por malicia, sino por desconocimiento. Y se nos pena con el castigo eterno y los tropiezos vitales, como si fuésemos culpables de nuestra ignorancia…
Llegado a tal punto, con más nerviosismo que decisión, un hombre miró por primera a vez a Dios a los dos pozos sin fondo que son sus ojos y prosiguió:
-¡Y usted lo sabe todo! Es decir, usted es omnisciente ¿no? Usted sabe lo que va a pasar siempre y, aún así, nos deja a la merced de nuestra ceguera y nos culpa de chocar contra la pared. –el tono de un hombre había ido subiendo a medida que fue argumentando, emocionado por su propio discurso- ¡Eso es injusto! ¡Es usted un insensible, y un...!
Un hombre miraba fijamente a Dios con el rostro enrojecido. Dios le mantenía la mirada, impasible, con la misma expresión de superioridad y diversión que mantuvo durante toda la exposición. Un hombre sintió desvanecerse sus impulsos de valentía conforme fueron pasando los segundos y poco a poco volvió a cobrar conciencia de dónde estaba y con quién estaba debatiendo. Una sensación de terror y arrepentimiento amenazó con colmarle, pero reunió fuerzas como jamás había sabido que podía y mantuvo cierta calma. Finalmente, tras lo que hubieran sido unos minutos de existir el tiempo más allá del firmamento, Dios habló:
-Oh, cuánta razón tienes. Durante toda esta eternidad he sido un mal padre que ha dejado caer una y otra vez sobre el barro a sus propios hijos. ¡Qué pensaría el mío si aún me viese! Pero juro solemnemente por mí que pienso cambiar. De ahora en adelante, seré un buen Dios y erradicaré todo el mal que haya sobre y bajo el Cielo –un hombre no daba crédito a lo que estaba escuchando. Su rostro estaba pálido, y ni sus párpados ni su boca daban más de sí-. Y empezaré mi enmienda contigo. Dime ¿qué puedo hacer por ti?
Un hombre abrió la boca pero fue en vano, pues de ella no salió ni una palabra. Estaba atónito, no podía creer lo que acababa de escuchar. Después, haciendo gala de su recién descubierta templanza, volvió en sí y dijo:
-Pues, mire, ya que lo dice, creo que lo más justo para mí sería que me dejara repetir mi vida desde el principio exactamente igual, ahora que sé las consecuencias de mis actos.
Dios le observaba con atención. Aquel hombre, tal y como había previsto y supo desde los albores de la existencia, había cambiado su perspectiva sobre la situación; ahora creía ser el claro dominante y tener a Él, al todopoderoso, al omnipotente, a su merced. Se divertía como nunca.
-Muy bien, me parece justo -concluyó.


Miguel siempre había sido el favorito de Él. O al menos eso pensaba. Una vez, o quizá muchas, un ángel se reveló contra Él en defensa de su libertad y su individualidad y Miguel se encargó de que sus vasallos lo expulsaran del Empíreo y lo confinaran en el Infierno, el antiguo proyecto fallido de Dios.
Miguel, que venía de haber estado pensando durante un rato cómo agradar por enésima vez a Dios (ignorando, una vez más, que sin un bocado del fruto del manzano de los jardines del Señor no lograría pensar con racionalidad), lo encontró ríendose a carcajadas en su lecho de nubes.
-Mi señor, perdone mi insolencia, pero no recuerdo haberle visto jamás reír con tal esmero. ¿A qué se debe tanta alegría?
 Dios calló de repente y recobró su expresión neutra e imperturbable.
-¿Alegría? No, Miguel, Dios no siente alegría. Ni miedo. Ni dolor. Dios no siente absolutamente nada.
Un destello de pena, como el brillo de una moneda al fondo de un pozo, como una estrella fugaz, como la vida de un hombre (quién sabe, como una humanidad) se consumió efímero en lo más hondo de sus ojos.
Y hubo un silencio. Acaso nunca hubo otra cosa. Miguel se sintió incómodo y pensó que fue un error haberle preguntado aquello a Él, al todopoderoso, al omnipotente. Dios, quizá compasivo, quizá aburrido de tanto protocolo, decidió contarle a Miguel porqué reía.
-Me has visto reír, Miguel, porque un hombre viene apresurado a mi presencia dispuesto a exigirme una explicación de por qué permito tanto mal y tanto sufrimiento en el mundo si puedo cambiarlo cuando quiera. ¿Tú que opinas, Miguel?
-Que sus designios son inescrutables.
Dios soltó de súbito una carcajada. Todos sus ángeles le parecían un puñado de pusilánimes mentecatos, pero estaba claro que Miguel era el peor de todos. Por eso era su favorito. Seguidamente, continuó:
-Me has visto reír, Miguel, porque el pobre ignorante me exigirá que le de la oportunidad de rehacer su vida de nuevo. ¿Y qué piensas, Miguel? Yo soy un Dios justo y considerado con sus criaturas, de modo que cederé a sus ordenanzas.
En el habla de Dios se dejó notar cierto tono jocoso. Miguel frunció el ceño, confundido.
-Disculpe, Padre, pero no comprendo qué le produce tanta diversión.
Dios guardó silencio. En realidad, Dios solo habló una vez, y fue mientras hubo existencia y por lo que hubo existencia. Entonces, en el incierto y más que dudoso momento de la eternidad en el que Miguel y Dios dialogan, Dios no deja de cantar en ningún momento la barroca melodía del Ser, pero las exigencias de la narración, como ha sucedido durante todo el relato, me obligan a recrear términos como tiempo, silencio, espacio, donde y cuando no los hay. Entre versos, Dios suspira teatralmente y reconsidera si hubiera sido mejor hacer el tiempo finito.
-No recordará nada.

 Pasada una eternidad o al mismo tiempo, que son la misma cosa, Miguel, que no había comprendido qué le parecía tan gracioso a Él, al omnisciente, resolvió contarle algo que le reconcomía desde hacía un tiempo.
-Padre, ¿recuerda al hermano Lucifer?
Dios le dedicó su atención de nuevo.
-Sí. ¿Qué sucede?
-He oído que piensa "revelarse" ¿Qué quiere decir?