Dentro.
Pink Floyd ardía silencioso en el cielo al son de Los Miserables. La lengua roja, gualda y morada de la llama eclipsaba al Sol. The Sun is eclipsed by the Moon. Tras el seto del campo estaba yo, sobre la graba revuelta del bancal, en la tácita rareza de los sueños, vislumbrando una singular eternidad. Una mañana aparte, en otro tiempo, desperté acosado por los versos but the Sun is eclipsed by the Moon y presentí la cara oculta de la Luna de Pink Floyd, el eco morigerado del horror.
Fuera.
La luz descansaba oblicua sobre la cama y sugería una imagen de nuestra manera de ver, tan perfilada, tan relativa, tan claroscura. Los pliegues del cubrecolchón se sucedían ondeantes formando dunas, y, tras ellas, las sombras, The Dark Side of the Moon. En cada instante hay un mundo que no vemos, y que se pierde. ¿Qué es una persona? ¿Qué es conocerla? Acaso el lenguaje sea un senda artificial trazada sobre la montaña del mundo y el sotobosque, la arboleda, los roquedos y canchales queden más allá, ignotos. Quizá la mejor forma de caminar por la montaña sea campo a través, fent camí. Pero yo me había dejado caer en aquel valle buscando la paz, el silencio, el solaz, y salir del camino, más que herir a la montaña y toda esa sarta de adopciones que había esgrimido en la noche, era la aventura y yo estaba cansado y tenía miedo. Como si tuviera sesenta y como si tuviera seis. Pero he visto ondear el agua y la quietud espectante de los muebles y he sentido la carretera, el volante, el cambio de marchas y The Doors. The end. El fin del mundo.
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viernes, 9 de agosto de 2013
lunes, 20 de mayo de 2013
Amanece ahora, que lo es todo
Ahora parece que, como en Insomnio, esa gran película de Nolan, la Noche pase desapercibida y el atardecer se transforme, sutil, disimulado, secretamente, en un amanecer invisible, en un amanecer que está en el aire, en el estor subido, como un velo apartado, como un telón corrido; en la piel, en la ligereza del pecho, en las silentes horas, en la música compartida. Todo lo demás es ruido.
miércoles, 15 de mayo de 2013
La Sirena
Carajo, qué imagen. Si es que es bonita como ella sola. Cantos de sirena, Gonzalo; déjate, déjate que nos conocemos de lejos. Escucha esa guitarra, apura esa botella, dale vida a ese libro que aguarda ahí, como haciendo cola sobre los demás; que todo eso va bien, acalla. Y saber acallar es una virtud entre las virtudes. "¡Y no!" que diría el padre. Con lo que desgasta el ruido... estamos como para negar un chato, o como para negarnos a un atardecer de estos de primavera, entregándonos a la cancerígena desidia. Déjate. Eso son cantos de sirena. Pero cómo suenan.
jueves, 2 de mayo de 2013
El burro que emerge de noche de La Noche
El Estado. El estado en que me encontraba aquella tarde. Y aquella noche. Y la otra. No quiero recordar. Qué momento. Había olvidado. ¿Por qué lo hacemos? Vuelvo a saber, y por eso ahora recuerdo, que es lo mismo, lo que puede hacer un atardecer acariciando tu rostro un día cualquiera de abril, o de mayo, o de primavera. Y sólo eso. Y The Doors, o un concierto de pájaros, o un vino a ciegas. O una mujer. O La Mujer. Y también los Grandes Apuros con un amigo desde siempre. O el dulce amargo de un capítulo breve de Rayuela o de Bukowski. Cuánta razón, Nota.
lunes, 18 de febrero de 2013
Anonimia
Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Negro. Blanco. El paso de cebra nos separaba al tiempo que nos unía en el espacio. Mi cabeza giraba, seguida levemente por el cuerpo, hacia donde venían los anónimos coches, acogiendo en su plenitud la caricia mortecina de los rayos de un Sol en consonancia vespertino. Sentía relajación en todo el cuerpo, como si esos rayos fuesen la corriente de un jacuzzi de calma, y no recuerdo que pensaba. A la suficiente distancia para no poder definirlos con claridad se acercaba una pareja y lo que parecía ser su hijo, en brazos del hombre. Él aparentaba tener más de cuarenta años, aunque no muchos más. Y ella... ella me recordó a alguien que ya había visto, una muchacha que debía de vivir en mi mismo pueblo. Una muchacha anónima, insignificante para mí. La escena me resultó como una premonición, como un flashforward hacia el futuro de esa chica cualquiera. Al llegar a la orilla de la acera, cuando yo daba mis últimos pasos hacia la misma, ella me miró. El hombre reía divertido con el niño que portaba entre sus brazos, mostrándome su perfil izquierdo, y ella, más allá, separada por un espacio de alrededor de un metro, recogía una sonrisa prieta que no ocultaba unos ojos turbados. Me miró, como cuando un niño aburrido de tanto juego mira por la ventana hacia la oscura tarde de un día lluvioso, no sé si buscándose en el reflejo de la ventana que eran mis gafas, o si encontrándome, subjetivo, otro, anónimo entre la niebla de una vigilia inescrutable.
jueves, 14 de febrero de 2013
Noche
En algún lugar entre el fondo de un vaso de trago corto sin fondo y la abertura por donde miro a través, se encuentra el sueño. No sé cómo he dado con él en esta noche eterna. Atrás ha quedado la retahíla gutural de Jelly Roll Morton declamando en el whisky y la resurrección de "los pasos perdidos". Atrás el insomnio palpitante, atrás el morir recalcitrante. Atrás mi mirar mirándome.
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jueves, 7 de febrero de 2013
Maldito Oliveira. Qué coño, ¡Que viva Latinoamérica!
La noria gira, pero yo estoy en pausa, confuso, sobre la cubierta de un barco a la deriva llamado Rocinante, bebiendo Chivas y oyendo el eco rasgado, lejano, casual, de Jelly Roll Morton; cauterizando heridas crónicas del alma y evocando atavismos. El temporal de fuera metaforiza el de dentro. Inquietos ambos (o el único, pues quizá sean el mismo), veleidosos. Ocasionalmente clarea y respiro la calma de la tregua en el "1, 2, 3, 4, 5 y ¡6!" de una niña en la escalera o en el regalo de un amigo que me aviva. A mí y a la Llama. ¡Oh, Dios! Una eternidad de esas que duran un momento en una mirada correspondida. No hay Zeus que resista eso.
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sábado, 5 de enero de 2013
Retazos de existencia incierta
La pregunta acerca del cómo puede ensombrecer hasta el olvido la más determinante del para qué. ¿Ortogonales calzadas de adoquines regulares o el vergel incierto que surcan? Y además la vida, ese diente de león romántico nacido en la tempestad de un huracán impasible. Pendiente de todo; segura en nada. ¿Estará la existencia en un delirio dionisíaco; en una lágrima sentida; en los latidos del pecho sobre un colchón de acículas muertas?
Sólo atisbo esa sensación impotente de haber olvidado algo, de ligereza en los bolsillos, de ausencia, de no saber nada en absoluto y tener entre tus ojos y los lobos una mano cualquiera que no se deja comprender.
domingo, 16 de diciembre de 2012
Metamorfosis
El espacio a priori indefinido que hay entre dos puntos concretos parece tan incierto como indefinido. Se comporta, podríamos decir, como la adolescencia en la vida humana, o como lo silencios en una partitura; una suerte de estados transitorios, de no-seres inquietos, que alienan y confunden a los pacientes atolondrados. Me preguntaba por primera vez en este cenagal intermedio si acaso pudieran dar algún tipo de fruto, o fueran de lo contrario estériles, como podría extraerse de la experiencia. Quizá la respuesta resida en la misma pregunta, pero si es así todo extrañamiento incómodo en esta niebla desorientadora ha sido poco menos que un atisbo de algo. Todo sigue muy turbio, pero quizá la prueba de aquéllo sea ésta consideración de su posible fertilidad, y la misma búsqueda de indicios. Y, al fin y al cabo, es del fondo de estos remolinos de estados y definiciones, donde no hay estado fijo ni definición alguna, de donde brotan, como diamantes de un lodazal, los sólidos estados de conciencia. Y si resultara que no, que se fluya, que se expanda, que caigan las murallas, que se vuelen las banderas. Esta vida está para vivirla.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
En el túnel.
Vino. Qué momentos. Parece que se valga más del olfato para dársenos que del paladar, socavado, viciado. Y eso que, pienso, tengo uno de esos olfatos inválidos que se repartieron el día en que nací. Debe de ser especial. Acaso vago, o esteta, o todo a la vez.
Dejo la copa sobre la mesa y ya no trato que sea en ese silencio imposible para las vajillas. Repentinamente, la miro un instante, absorto en verdad en no sé qué desvíos, sin fijarme, apenas percibiendo el brillo turquesa de sus ojos, el resplandor platino de su pelo. Más allá de las columnas que sostienen la terraza bajo la que estamos sentados pasa una madre, delgada, con el cabello castaño brillante recogido en una coleta limpia, como un pincel, y se agacha, turbada por un pensamiento distante, sobre el niño que se desliza bajo el cinturón del carricoche. Hasta eso es hermoso, caray, pienso. ¿Has visto la película que te... "dejé"?, acierta a decir ella en esa media lengua que adoptan provisionalmente los extranjeros hasta que, inevitablemente, aprenden nuestro idioma, el de verdad, el semántico y no esa montera fonética que sirve poco más que como pasaporte cultural. No. Estoy parco, distante. Estoy fuera. En seguida me doy cuenta y vuelvo a la mesa, a la terraza, al humo de su cigarro, y me incorporo en la silla de mimbre. Pensaba verla esta noche, es que he tenido mucho trabajo y no he tenido tiempo. Pero quiero verla, me llama mucho la atención, enarbolo rápidamente. Es una contestación evasiva, formal, de trámite; dice y no dice. De pronto su rostro se turba y percibo de inmediato la frustrante confusión de no poder entender lo que te están diciendo. Que he tenido trabajo. La veré hoy, esta noche. Me... "interesa". Ahora todo está claro. Su boca se abre, y sus ojos, que parecen querer tragarlo todo, hundirlo en su azul, quizá ahogarlo dentro y hacerlo así suyo para siempre. No puedo evitar reírme, pero de encanto, del suyo, del que me retiene sentado aunque un demonio de los de dentro me impele a que me levante y camine, o que busque, o vete a saber qué. Qué hermoso es todo, caray. ¿Hay en tu país iglesias como esta?.
Dejo la copa sobre la mesa y ya no trato que sea en ese silencio imposible para las vajillas. Repentinamente, la miro un instante, absorto en verdad en no sé qué desvíos, sin fijarme, apenas percibiendo el brillo turquesa de sus ojos, el resplandor platino de su pelo. Más allá de las columnas que sostienen la terraza bajo la que estamos sentados pasa una madre, delgada, con el cabello castaño brillante recogido en una coleta limpia, como un pincel, y se agacha, turbada por un pensamiento distante, sobre el niño que se desliza bajo el cinturón del carricoche. Hasta eso es hermoso, caray, pienso. ¿Has visto la película que te... "dejé"?, acierta a decir ella en esa media lengua que adoptan provisionalmente los extranjeros hasta que, inevitablemente, aprenden nuestro idioma, el de verdad, el semántico y no esa montera fonética que sirve poco más que como pasaporte cultural. No. Estoy parco, distante. Estoy fuera. En seguida me doy cuenta y vuelvo a la mesa, a la terraza, al humo de su cigarro, y me incorporo en la silla de mimbre. Pensaba verla esta noche, es que he tenido mucho trabajo y no he tenido tiempo. Pero quiero verla, me llama mucho la atención, enarbolo rápidamente. Es una contestación evasiva, formal, de trámite; dice y no dice. De pronto su rostro se turba y percibo de inmediato la frustrante confusión de no poder entender lo que te están diciendo. Que he tenido trabajo. La veré hoy, esta noche. Me... "interesa". Ahora todo está claro. Su boca se abre, y sus ojos, que parecen querer tragarlo todo, hundirlo en su azul, quizá ahogarlo dentro y hacerlo así suyo para siempre. No puedo evitar reírme, pero de encanto, del suyo, del que me retiene sentado aunque un demonio de los de dentro me impele a que me levante y camine, o que busque, o vete a saber qué. Qué hermoso es todo, caray. ¿Hay en tu país iglesias como esta?.
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viernes, 3 de febrero de 2012
El visor
Chicos en la playa, Joaquín Sorolla. Disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Joaqu%C3%ADn_Sorolla_002.jpg
Parecemos ser dos, aunque en el fondo creo que somos más. Sea como fuere, si dos o en adelante, ansiamos el todo con la avidez de una manada de lobos hambrientos. Quizá alguno más que otro, pero algo tan obvio resulta redundancia retórica.
Aunque por mal vicio cavilamos hasta la obsesión, somos de esos a los que una simplicidad renuente con el hábito les parece un milagro divino. Quizá por eso los dos (o los que seamos) amemos tan enajenadamente la espontaneidad de un suceso inesperado, tanto, que nos engañamos a conciencia trazando planes sin sentido que de ningún modo puedan cumplirse y den, con sus fracasos, en una situación impresionista; o nos dejamos llevar por el oleaje circunstancial hasta tener que decidir qué rumbo seguir en adelante. Nunca fallamos. En todo bar hay siempre una servilleta donde poder urdir un plan improvisadamente. Y en toda calle un espacio donde entonar palabras que evoquen la ilusión de un futuro contingente. Así empezó todo.
Se propuso como destino posible un lugar decapitado. Quizá la ausencia de competencia hizo que decidiéramos tácitamente ir allí. La travesía, que tuvo que ser en tren, se dio por una vía que bordeaba la costa en la que crecimos los dos (o los que fuéramos). Ella cantaba aficionada bajo un baño de Sol; a nuestros oídos llegaban los destellos atemporales que entonaba; en nuestros ojos, pasados por espejos, se reflejaban detenidamente presumiendo de brillantez. Casi lloramos.
La estación donde bajamos quedaba sobre una colina que, suave, descendía hasta taparse con la mar. Hasta ella quedaba un entramado amalgama de calles que no dudamos en beber. El paseo nos dio un lienzo sobre el cual pegamos recortes de otros lugares, como reminiscencia de un cubismo surrealista. Pasado un tiempo llegamos a un pasillo de bancos y palmeras. Allí quedamos absortos en el dialogo que evocaba el cosmopolitismo de una ciudad turística. Nos parecía como si Europa no fuera solo una idea.
Por un desvío a la izquierda descendimos hasta las frías dunas de la playa invernal, donde grupos de jubilados hacían ejercicio o tomaban los rayos de un Sol rezagado. Nosotros nos tumbamos entre la mar y la barrera de granito sobre la cual desfilaban las palmeras y la personificación de Europa. En irregular vicisitud, el silencio se dormía por la nana de un diálogo casual para más tarde despertarse por el sueño de un posible cuadro de Sorolla.
Caminamos, esa vez también fisicamente. Después de cierto tiempo llegamos a los pies de una enorme peña bautizada que subimos conducidos por la intuición. Arriba, bajo el cielo, encontramos el visor. El visor era un lugar y un momento en el espacio y en el tiempo donde y cuando veíamos. Y vimos la mar, y la amamos tanto como a las demás (y esta nos ignoró tanto como aquellas). En su embaucadora belleza nos perdimos por horas y, ensoñados, perdimos la noción de la realidad.
Ya después, de vuelta, olvidados de todo por el cansancio, la banalidad se sentó con nosotros y nos hizo pasar un buen rato. Pero nada como la mar hinchada por la altura. Nada como un horizonte que nos huya. Nada como la lucha entre los párpados y el Sol, como el olor a salitre, el vértigo bajo el pecho. Nada como pararse a ver.
martes, 24 de enero de 2012
Hoja de papel
Linkin Park. Requiem. Disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=p_QApP7jtbU
Haciendo camino en alguna parte el deseo por una paloma sesgó el cielo. Se gestaba entonces el crepúsculo. Veleidoso, mi pensamiento alzó el vuelo y siguió a la paloma para ver el mundo. Para ver. Y por él vi el tiempo, y el epígono que somos, y el que serán nuestros hijos. Vi una huérfana nostalgia romántica por lo medieval cuando no lo era, y vi también, en la distancia de los tiempos, su reencarnación por el hoy cuando ya no lo sea. Vi lo absurdo de una historia tautológica y la necesidad de una conciencia crítica. Clamé al cielo la resurrección de Ortega un domingo cualquiera, pero entonces vi que el cielo era una hoja de papel sesgada por una paloma enajenada. De su herida llovían serpientes como lágrimas. Una vino a caer a mis brazos y me miró a los ojos con dos ópalos que se querían abrir y dar al mundo lo que guardaban tras de sí. Yo curioseé por la hendidura esperando ver las nueve musas y vi un dios asustado por mil soles.
Fue entonces cuando habló la serpiente, pero su voz no salió de su boca sino que llegó de todas partes y de ninguna. Yo supe que esa voz no había sonado porque no podía ser pretérita. Supe que esa voz sonaba en el profundo lago de la existencia desde los albores de la eternidad y que sonaría hasta el atardecer en el que los tiempos descendieran por el horizonte.
-Sólo es la ilusión de un recuerdo. Como la paloma que ha cortado en dos el cielo.
Pero sus ojos no podían mentir con tanta solemnidad como su voz. Enmascarado de lucidez, la dejé caer porque pensé que la serpiente no era más que un mito desfasado. Incrédulo, observé cómo, tras dar con el suelo, se enroscó sobre sí misma y creció hasta formar un hermoso y cetrino manzano. Como en un sueño en el que olvidas de súbito el pasado fui a coger una manzana que saciara un hambre repentina, pero aquel manzano no las daba. Aquel manzano engendraba espejos. Espejos ovalados que reflejaban el panorama surrealista de mi estancia. Espejos ovalados que reflejaban un pensamiento volar errático tras una paloma alienada. Espejos ovalados que reflejaban la visión de la visión de una visión en la que era yo.
Y me vi. De pie, quieto. Y en mi rostro dos ópalos hendidos. Y en ellos, el fuego de mil soles.
martes, 17 de enero de 2012
El beso de Alba
En atípico invierno también amanece.
Lo sabe el gallo, que sonroja al cielo ya desnudo de estrellas. También los viejos, que componen las aceras con románticos versos.
Entonces, orondo, el artista se descubre y viste los árboles con traje de luces. A ellos van casuales, ensoñados, los pájaros como pañolada que pide rabo y dos orejas.
Cuando llego yo, absorto, quiero concederlas, y ser ellos, y ser los árboles, y el gallo, y su canto, y hasta el verso de los viejos. Quiero serlo todo y para todo y fundirme en la eternidad de un instante.
Pronto una ninfa me lleva al sensual baile de brisas y olores, de notas y colores. Me embriaga la vida hasta el éxtasis. El tiempo abandona mi mano y me pierdo en la volputusidad. De repente, el Sol se erige y aniquila las sombras.
En atípico invierno también atardece.
Lo sabe el gallo, que sonroja al cielo ya desnudo de estrellas. También los viejos, que componen las aceras con románticos versos.
Entonces, orondo, el artista se descubre y viste los árboles con traje de luces. A ellos van casuales, ensoñados, los pájaros como pañolada que pide rabo y dos orejas.
Cuando llego yo, absorto, quiero concederlas, y ser ellos, y ser los árboles, y el gallo, y su canto, y hasta el verso de los viejos. Quiero serlo todo y para todo y fundirme en la eternidad de un instante.
Pronto una ninfa me lleva al sensual baile de brisas y olores, de notas y colores. Me embriaga la vida hasta el éxtasis. El tiempo abandona mi mano y me pierdo en la volputusidad. De repente, el Sol se erige y aniquila las sombras.
En atípico invierno también atardece.
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