domingo, 10 de mayo de 2015

Un niño, una montaña, una valla




Una influencia teleológica me atrae a todos los puntos de la Tierra. Siento, sufro el marchitarse de la vida cuando un lugar envejece en ella; cuando mi vida envejece en un lugar. Uno de los últimos recuerdos que puedo desenterrar cuando excavo en los estratos de mi memoria es el siguiente: un niño mira una montaña por encima de una valla. En ese sentido no he cambiado: el niño soy yo, la montaña es todos los lugares y la valla es esta habitación ascética que me oprime el pecho. En otros pienso que sí; lo quiero creer. Me hiere menos que no lo entiendan; que me condenen, que me insulten. Es sólo su opinión, su forma de vida; tan válida como cualquiera -quizá menos enjundiosa, menos intensa, menos vida ("un placebo"). Me venden comodidad como si fuese la forma suprema de vivir. Lo siento, incluso por mí. Pero no. Al final entiendes y tienes que asumir que hay que elegir y perderte la otra mitad, lo que pudo haber sido. Voy a perderme las infinitas posibilidades que me ofrecéis (¿puedo elegir lo que me está matando?) porque no puedo olvidar el horizonte, los caminos que no he recorrido, las lenguas que no entiendo, los libros que no he leído. Una influencia teleológica me atrae a todos los puntos de la Tierra. 

lunes, 30 de marzo de 2015

"In a relative way"

Es una obviedad que la vida nunca es exactamente igual, pero los últimos tiempos han deparado un estado entre nuevo y de retorno. Algunas lecturas enjundiosas me han devuelto, junto a cierto cine y su reflejo en la vida, la sensación en el fondo inefable de estar. También, la sensación inconsolable de haber perdido el tiempo. ¡Cuánto tiempo he perdido! ¡Qué simple he sido! ¡Qué ciego! Lamento la arena que ha caído entre los dedos, la lluvia que ha resbalado por mi piel, las heridas que he hendido,  la vida que se ha ido... Es cierto que no hay consuelo, que no lo tengo. Las horas y las noches han expoliado mi vida sin dejar ni los recuerdos. ¡Cuánto tiempo he perdido!

miércoles, 25 de marzo de 2015

Chad

Extraída de: http://pfbc-cbfp.org/docs/news/Nov2010-Jan2011/Un_Paysan_sur_le_Lac-Tchad.jpg

El lago Chad, que dio nombre al país, fue un lago inmenso. Alguien nacido en los años 50, sin embargo, ha podido ver cómo su vida se ha ido secando a la par que sus aguas. No pretendo conmover a nadie con manoseados ecologismos; simplemente lo lamento en lo hondo del alma, como quien llora la muerte de alguien sin clamar venganza. No sólo es un lamento: a menudo he comparado la eternidad con la vida de las aguas o de las montañas, que ya estaban el día en que nacieron nuestros abuelos y que seguirán estando la noche en que nos apague la muerte. Supongo que no es un pensamiento extraño; un saharaui que no ha cruzado el desierto puede concebirlo como un espacio infinito y otro que nunca ha salido de él puede creer que siempre ha existido. Yo, que sé que cuanto me sostiene es una circunstancia reciente y precaria, sentiría como si el suelo se hundiera si de pronto desapareciese. La idea del Apocalipsis no debe de ser muy distinta de lo que sienten ahora aquellos hombres y mujeres nacidos en los 50 y que han visto, sin poder hacer nada y ni tan siquiera comprenderlo, su mundo secarse. 

martes, 24 de marzo de 2015

Pantagruel

La mente pergeñó un ser aterrador que se alimentaba de universos, como un Pantagruel trascendental o metauniversal, un gigante inconcebible e imposible que flota o se arrastra o nada (de eso) por el mar inocuo allende el horizonte, el último confín; fuera de la esfera, el globo universal. Lo pergeña aún cogiendo universos con sus manos metafísicas, incorpóreas o supracorpóreas, levantando o bajando o penetrando con ellos sus fauces abismales y engullendo cual caníbal agujero negro. Mofletes nebulosos y metafísicos como de niño rollizo, como de niño cebado con teléfonos móviles, tabletas, partidos de fútbol, videojuegos de guerra y pornografía por unos padres imbéciles, actores pornográficos del sistema económico metafísico (no olvidemos) en que impostan 1001 posturas allende incluso el Kamasutra. Mofletes nebulosos. Regurgitar lácteo. Un ser aterrador que se alimenta de universos.
La mente.

viernes, 30 de enero de 2015

Encuentros en el desierto

El primitivo testimonio de las casidas preislámicas evoca una imagen entrañable: la de árabes congraciados por el encuentro con cristianos. Aunque ignoro hasta el más famoso de aquellos poemas, carezco de razones para dudar del ilustre Jesús Mosterín, quien afirma al respecto:

Los poetas árabes preislámicos citan con agrado sus encuentros en el desierto con los monjes y anacoretas cristianos, su lamparilla encendida en la noche y su vino embriagador.

La cita es de El Islam, uno de los muchos tomos de su difusora "Historia del pensamiento". Tras leerlo repetidas ocasiones, dudo si no han sido las evocadores imágenes de la "lamparilla [...] encendida en la noche" y el "vino embriagador" lo que me ha resultado entrañable. Siempre será un regalo hallar poesía en un texto científico, acaso más que en cualquier otro, porque entre demasiada monotonía sabe como caído del cielo.
Adolezco, como Stern (pero sin su talento), de digresismo, de déficit (o quizá exceso) de atención. El tópico de este texto es aquella imagen de aquellos encuentros alegres en el inmisericorde desierto árabe. No es absurdo que los beduinos, sometidos por el Sol, pasturaran al alba y al ocaso, y descansaran así durante las horas altas del Sol y durante la noche cerrada. Tampoco lo es que algún eremita cristiano se cruzara con ellos durante aquellas horas. El vino, que siempre ha unido y alegrado las vidas de los hombres, hubo de ser para los árabes tan preciado como la propia mirra (y al contrario que ésta, símbolo de la muerte, saciaba de vida los estómagos históricamente inocuos). Yo, que también adolezco de fantasía, me deleito imaginando la calidez primitiva de aquellos encuentros y no puedo olvidar las Cruzadas, la Reconquista, Lepanto, Irak, Charlie Hebdo, como un hombre que reencuentra en la vejez una foto de sí mismo con su irreconciliado hermano. Sólo a veces podríamos ser como niños y regresar a la inteligente ingenuidad del perdón.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Nudo

José Canalejas y Marcelino Menéndez Pelayo nacieron a orillas del Cantábrico, en el seno de respectivas familias influyentes. Hasta 1878, ambos eran políticos y filólogos en potencia; ambos eran inteligentes, ambos eran acreditados, ambos eran ambiciosos. Acaso fue necesario que aquellas vidas paralelas convergieran; en aquél señalado año, ambos compitieron por cierta cátedra de literatura. Quizá más poderoso, Menéndez Pelayo ganó la oposición y se convirtió en un importante filólogo; José Canalejas la perdió y se convirtió en un importante político. La vida posterior de cada uno es una ucronía para el otro, un "lo que pudo haber sido". Ambos murieron el mismo año, como si para Dios, en efecto, fueran la misma persona.

jueves, 23 de octubre de 2014

Lucio Sicinio Dentato

No hay lápida más impasible ni epitafio más imborrable que un clásico. Esta conclusión, nada novedosa, se me ha descubierto hojeando una nueva edición de una de las enciclopedias más antiguas: Las Noches Áticas, que Aulo Gelio elaboró, presupuestamente, durante mil y una noches insomnes. Santiago López Moreda anuncia en el prólogo que una lectura superficial de todos los autores mentados por Gelio ocuparía una larga vida de poco más que lectura. El estudio de tantos otros personajes iletrados, como esposas, prostitutas o guerreros, resultaría definitivamente excesivo. 
Uno de tantos guerreros fue Lucio Sicinio Dentato. Valerio Máximo, otro polímata todavía anterior, lo llamó Siccio; ambos, Gelio y Máximo, a los que se suma Varrón, coinciden en la enumeración de sus honores. Copio literalmente de la edición de Moreda: "Sobre Lucio Sicinio Dentato, que fue tribuno de la plebe en el consulado de Espurio Tarpeyo y Aulo Alterio, cuentan los libros de los anales que fue un excelente guerrero, más allá de lo creíble, y que por su enorme fortaleza recibió el sobrenombre de Aquiles Romano. Se dice que combatió contra el enemigo en ciento veinte batallas, que no recibió ninguna herida en la espalda, pero sí cuarenta y cinco de frente, fue galardonado con ocho coronas de oro y una de asedio, tres murales, catorce cívicas, ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes, doce lanzas; también recibió el premio de veinticinco arneses de caballo. Obtuvo cuantiosos despojos militares, entre ellos, la mayor parte fruto de combates singulares. Celebró el triunfo en nueve ocasiones con sus generales." Apunta Moreda en una nota al pie que tantos honores "serían excesivos para una legión entera". Sin juzgarlo legendario, es numéricamente comparable a Lionel Messi o Cristiano Ronaldo, que suman tantos goles como un equipo entero en puestos de descenso. Imaginar un mundo absolutamente ignorante de las dos actuales estrellas mundiales resulta, ilusamente, inconcebible. Acaso también lo fuera para los admiradores de Sicinio, todavía más olvidados que él. No es impensable que su tumba, acaso contemporánea a la de Sócrates, se perdiera muchos años antes de las mil y una noches de insomnio en que Aulio Gelio compuso su enciclopedia. Y a pesar de tanto, no sin los inconvenientes de la ignorancia, dos mil quinientos años después de su muerte Lucio Sicinio Dentato, también llamado Siccio, que combatió en ciento veinte batallas, recibió cuarenta y cinco heridas de frente, fue galardonado con ocho coronas de oro y una de asedio, tres murales, catorce cívicas; ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes y doce lanzas; es recordado en un libro olvidado en una biblioteca vacía de una universidad periférica. Ojalá pudiéramos evocar aunque sólo fuera su altura.