martes, 20 de septiembre de 2022

Entre engranajes

Siempre sintió que, entre engranajes, ancoras y barriletes, criaturas fantásticas infestaban el mundo. Que brujas, demonios y fantasmas insertaban, espontáneos deus ex machina, la magia, a veces blanca, a veces negra, en su vida. A fuerza de desventuras, de noches mayúsculas, de años y leguas, ha descubierto El Figura, acaso por azar, uno de los velos que cubre la faz siniestra del mundo: no hay criaturas fantásticas. Sólo cine y una mano, la suya, accionando el mecanismo que proyecta sus imágenes. Y cantos rodados de antiguos ríos bajo los pies.


martes, 26 de julio de 2022

Teseo

Encaramado en una columna Asterión ve, más allá de los muros y del desierto, tres montañas. Están hechas de calima y sueños, pero él no lo sabe. 

En algunas ocasiones se le aparecen cubiertas de fronda; en otras, de arroyos que corren ladera arriba como escaleras mecánicas. Es posible que alguna vez les diera nombres, pero no lo recuerda (lo imagino indicándolas con su oscuro índice derecho, los ojos de negro ónix brillando). 

Embriagado por la visión, Asterión se deja vencer por Morfeo. Su alma descansa, como un estagirita, sobre el capitel de una columna solitaria. 

Cuando el Sol mediterráneo lo devuelve al día, sin embargo, el minotauro se ve tendido en un suelo frío que no soporta ya ninguna columna. 

Tal fue quizá la genialidad de Dédalo: no hay laberinto más irresoluble que aquel que nunca es el mismo. 

Algunas veces, no obstante, cree reconocer patrones: una rampa descendente y dos niveles de escaleras arriba (el laberinto no es plano). Otras intuye que está aproximadamente en unas coordenadas concretas. Hace poco le oí gritar, con su voz ronca y rasgada: "¡Temblad, demonios, el Rey está en el Centro!"

Esta noche, tras un largo rato mirándose en las aguas de una fuente antigua, se ha encendido un cigarrillo. A la luz de la llama he reconocido el mismo brillo de anteriores ocasiones en sus ojos de ónix. Antes de que se consumiera del todo he podido leer en sus labios las siguientes palabras:

"No serás tú quien me lleve a las montañas, Teseo..."




domingo, 17 de julio de 2022

El cabrón de El Figura

 Solía llamar "demonios" a las fantasías y "fantasmas" a los recuerdos. Huelga decir que con esos nombres se refería a pensamientos que entonces, y todavía en algunas ocasiones, le resultaban terribles (no voy a poner ningún ejemplo por no provocar, precisamente, alguna de éstas).

Siguiendo con la metáfora, se volvía loco por exorcizarlos. Bebía, fumaba, gritaba, cantaba, escuchaba música al máximo volumen, corría con el coche. Con todo ello no hacía únicamente por conjurar aquellas epifanías; también invocaba la muerte (todavía, en noches como esta, sigue por inercia algunos pasos de aquella ceremonia: mirando la penumbra de más allá y más acá del alféizar, consume un cigarrillo tras otro). Hoy, con todo, ha dejado de intentarlo. Ya no espera que los demonios regresen al Infierno, los fantasmas descansen o la muerte le alivie. Los primeros parecen haberse aburrido de jugar con él; los segundos se han hecho sus amigos y la tercera, sin más, no es una opción. 

No obstante, sus rescoldos, su eco, su sombra, aún perduran. No lo lamenta. Y si, por un lado, lo hace, por otro también lo agradece. El mal, como es sabido, es un contrapunto necesario para el bien. 

Hoy mira, sobre todo a los fantasmas, como un asesino sanguinario a su víctima: ceño fruncido, feroz mirada y sonrisa de chacal. Cada vez que vuelven a rondarle con su aliento frío y su ulular los observa malicioso desde el sendero y espera que se acerquen. A veces se relaja y los acaricia como a lobos curiosos. 

No sé quién ha cambiado más, si ellos o El Figura. Tengo la impresión de que ahora, por contra, el cabrón es él. El demonio, el fantasma, la muerte. A veces parece preguntar: "¿Dónde habita cada uno, que los perturbe...?"

miércoles, 8 de junio de 2022

Puntos de fuga.

Entre rincones de cuadros antiguos busca El Figura (postrado en la cama de cansancio) no se sabe bien si la tregua, el asueto o el olvido. 

A menudo se detiene en prodigios hechos como de luz o de sombra; a menudo en miradas con más verdad que otras reales. Por ejemplo: el aura resplandeciente de un hombre que pasó por delante del pintor (¿o acaso éste lo imaginara?) una singular mañana soleada en una plaza de Ámsterdam; o los ojos perfilados de un autorretrato unos años después. 

En medio de la búsqueda se despliega, de pronto, un pensamiento (nada nuevo) en El Figura: esa luz y esa mirada, así como otros gestos y posturas, ya no están. Tampoco estarán él, ni sus fantasmas ("con el paso de los eones incluso la misma muerte puede morir"), ni sus demonios. Habrá acabado, como ya acabó aquel otro, el teatrillo de marionetas del que forma parte. 

Entonces se recrea en esas capturas de momentos muertos, deleitándose en la noción de que en ellos aún no existían sus fantasmas ni los cuerpos que los precedieron. No se habían conjurado los ominosos hechizos, ni maldecido las historias, ni aparecido los demonios. Y desea quedarse allí, entonces; donde y cuando todo estaba aún, lejanamente, por pasar. 

martes, 7 de diciembre de 2021

Una mañana. Tanka más haiku

Arde la herida
Bajo el helado cielo.
Otro atardecer
Me alivia. Deseo adorar
Anónimos númenes

Y un ave sueño en
El metálico alféizar
O entre mis manos.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Magiar sueño

Fiera química
Que olvidar quisiera
Las reglas del talante
Para ebria cantar
De ascua y arena
A la noche y la luna
La tonadilla inquieta
Del magiar sueño

Sol Antiguo

Desvelando baila la niebla al alba
Sabor añejo y aromas de arena
Un alma al filo, misteriosa y malva
Y una caricia al aire de sirena

jueves, 27 de diciembre de 2018

Mañanas de naufragio

Regreso inquieto de la noche
Que en el espejo del sueño se repite
En sábanas de arena y hiel

Y el crepitar de la hoguera que no muere
Oigo en el corazón quemado
Mas entro en el frío de la dulce tregua

A lavar mis pies y componer
La facha triste del hábito
Del supuesto caballero que me aguanta

martes, 27 de noviembre de 2018

Un encuentro

Tenía el cabello castaño y le caía medio largo y ondulado sobre la frente y la nuca. Vestía malamente, como casual, una chaqueta de poco lustre azul marino sobre una camisa vieja, de mismo color aunque de tono más claro. Unos vaqueros estándar terminaban de componer su figura, espigada y triste, como de gitano emancipado. Apareció sin más y sin yo dar cuenta de ello, y tras dejar su bandolera en el suelo y retocar un tanto las cuerdas de su guitarra, comenzó a tañirla. Fue entonces cuando reparé en él, hasta entonces sumido yo en mis pensamientos, cada vez más turbios por el vermouth y acaso también el cansancio. Tocó algo flamenco, no sé qué, y pensé que así terminaba de componer la estampa típica que estaban tratando de presenciar los distintas familias y parejas de anglosajones que tenía ante mi, sentados en la primera línea de playa del forzado chiringuito en que me hallaba. No todos, pero algunos le prestaron merecida atención, y aún respeto. No era ningún prodigio, o al menos no me lo pareció, pero a ellos les terminó de decorar la postal que acaso esperaban o habían esperado, y a mí me agradó, gustando como hago de este estilo, aunque tan artificioso, tan nuestro, y recordándome cuánto, al estar lejos y casualmente en la tierra de mis acompañantes, había echado yo de menos mi patria, hoy tan denostada por unos, y ensuciada por otros. No esa patria rojigualda, de escudos y coronas, de águilas negras; tampoco la de púrpura republicano, memorias de postín y cuentas pendientes; sino la patria madre, lo que en el fondo somos; la tierra, las raíces, los paisajes que veo pasar cuando voy en el tren, esta línea de playa, los dejes, y el largo etcétera. También el chico que tañía su guitarra, honesto y servicial, viniera de donde viniese, hubiera hecho lo que hubiese hecho y votara a quien votase. En un momento dado dejó de tocar, recogió sus cosas y pasó mesa por mesa, solícito pero educado, con una hoja doblada en forma cóncava, probando suerte. Cuando llegó a la mía le pregunté por la última pieza, que conocía pero cuyo nombre había olvidado, y mantuvimos una corta conversación al respecto. No logré ubicar su acento, aunque sin duda era español. Al dejarle las monedas que le di, agradecido por su música, vi que el recipiente venía vacío. Desapareció, tal como había llegado, respetuoso y discreto. Cuando me preguntaba cuál sería su próximo destino, escuché sus arpegios sonando en el bar de al lado, con los el buen hombre trataba de seguir ganándose su jornal, como hacemos todos. Luego dejé de escucharle, y así terminó de desvanecerse, y su ausencia dio paso a la música de los altavoces y al ir venir de anónimos por el paseo de la playa, recortándose sobre el mar, como los créditos de una película acabada.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

El Primero

Viajó por Bohemia, Arabia, los Andes /
Como nosotros pisamos hoy el país de una nación que todavía no existe /
Sin saberlo /
Bebió de un río que ya no está /
la eterna agua que hoy nos fluye
Se batió contra la fiereza insoportable /
De monstruos que hoy solo campan los sueños /
Amó /
Parientes fantásticos que hoy solo intuimos /
Al calor de la llama que resurge /
Danzó al son de canciones olvidadas de compases extintos /
Miró el mismo Sol, y también la Luna y las estrellas /
Y acaso engendrara /
Los subterráneos arquetipos /
Que componen el mundo

miércoles, 22 de agosto de 2018

La rueda de Londres

Hacía falta, todavía lo hace, un momento para respirar, para detenerme y dejar que todos los nervios crispados se adormecieran, y así la vida volviera a correr suave y libre dentro; sentir otra vez, ojalá para siempre, la gasa cálida y reconfortante que es estar, simplemente, tranquilo.
No pensaba en esto cuando entré al baño, pero acaso inconscientemente lo presentía. Iluminaba la estancia, a malas penas, una luz tenue y rojiza como de atardecer, emitida tristemente por un tubo de luz artificial. Fue entonces cuando sentí todo esto, imaginándome en el crepúsculo de una playa cualquiera, muy lejos de todo este trasiego inmisericorde que me trilla como una máquina de labrar y me deja el alma hecha jirones. 
Me giré dispuesto a salir, planteándomelo todo, de nuevo a la vorágine insaciable de la sociedad occidental, y entonces, aún soñando, vi una pegatina dorada sobre el ojo de buey de la puerta del baño. Me pregunté, a pesar de mi ateísmo, si no sería Dios.
Pronto recibí, desgraciadamente, la llamada de la bestia, el rugir del gran tornado de nuestro mundo, como advirtiéndome de que aunque Dios, acaso, esté en los detalles, a vista de pájaro el mundo es una enorme espiral, una galaxia que se devora a sí misma desde su centro, arrastrando cada uno de sus seres, vivos, muertos, inertes, al abismo insondable. De nuevo la sombra se cernió sobre mí, y los carbunclos mitigados volvieron a hacer ascuas, y la llama resurgió de sus propias cenizas, y mi alma tornó a ser una hoguera donde arde mi existencia.
A pesar de todo no olvidé lo que había visto, aquella pegatina dorada con símbolos hindúes sobre el ojo de buey de un baño público de Londres, y al volver al hotel salí a la calle para refugiarme en cada esquina, cada rincón, y encontré otra vez un pequeño solaz en las formas y colores de la vida; en cada particularidad, cada relieve, de la cosa, como si el universo, por lo general tan bruto, me estuviera dando fuerzas al más puro estilo Dragon Ball desde cada uno de sus poros; aunque verdaderamente lo que pienso es que mi alma era la que estaba, ávida de vida, absorbiendo cada detalle interpretándolo como un descanso, un placer, del que nutrirse y regenerarse.
Son necesarios, cada día, estos asuetos.

viernes, 15 de septiembre de 2017

El hidalgo y tú

Cada cosa que toques
como retazos de ti que se desprenden
como piezas de un espejo roto que contiene una verdad
o el velo de seda que desliza la odalisca
Cada cosa que toques 
criaturas animadas de pronto 
en un mundo que es el tuyo
Que es el mío 
Que añoro
Como el hidalgo sin nada
a ultramar y sus tesoros
Nunca vistos mas soñados
Sin patente y a las puertas
De una cerca de la estepa
Sin ermitas ni palabras
Y polvo por espada





miércoles, 13 de septiembre de 2017

Fotografías en blanco

En el principio de haber hubo
Azares olvidados,
herreros sin nombre ni rostro
que de los naipes el palo y 
de la arena y la sombra el número
a fuego sellaron

Perdidos corazones
Ángeles Caídos
que a salto de mata aceros hienden
Al sobrino, al hijo, al nieto,
Al hermano,
Cuya misma sangre bate,
Y sangra...

¡Por los siglos de mi vida!
de fuego y hierro a tinta escrito
de cuando era la tierra
ternura de mármol tibio,
que soy el rey de bastos,
Y la puta de las espadas

¡Pues! al final de haber habrá
las nubes que inventar,
El agua, el viento, el barro,
Y atarse los ojos a la cerca
Del otro lado el prado,
Lo que hubiera
Y darse uno a volar

miércoles, 30 de agosto de 2017

Reversos

Mas arriba es abajo;
la cima, el abismo;
del alma el fondo;
y un páramo es la mía
de pozos, acuchillada,
de sirenas, acechada
que arpones lanzan
cual tirabuzones niñas

y pescado vas
del carrusel a lo profundo
a circular moribundo;
el desagüe de los días

Mas abajo es arriba;
el abismo, la cima;
del fondo el alma;
y un páramo es la mía
de raíces, revestida,
de fuegos, palpitada
que estrellas prenden
cual discurso de reyes

y henchido vas
del páramo a la vista
a desafiar al mundo;
el alfanje de los días




El círculo

Puede decirse que dentro somos espacio. Quiero decir en la mente, en el alma. Ignoro los detalles concretos del mío, cómo se desarrolla ese espacio; y hasta el relieve más o menos general. Aunque sí conozco alguno: pozos hondos y oscuros, cegados por el tiempo o por el alcohol; y remolinos de aguas profundas. Hay también un tiovivo, un carrusel, donde me subo de vez en cuando y no consigo bajar.
Mi alma está infestada de rincones perversos. No puedo vagar tranquilamente por la vida; si me descuido, caigo. Hay espacios más sólidos; praderas de cuento, pistas de baile, playas en verano. Mi paisaje es la sabana africana, con sus días y sus noches, agujereada aquí y allá por madrigueras donde habitan miedos, y reflejada por un lago inmenso donde acechan sirenas que giran. No quiero jugar más.

jueves, 27 de julio de 2017

Carne de perro

Edimburgo está ahí fuera, al otro lado de la ventana, al otro lado de mi vida. Y yo en mi habitación, anegado en este trabajoso trabajo; y dentro, como tanto tiempo, de mí, con los ojos vueltos para adentro; mirándolo todo y viendo, como mucho, poco.
Han sido dos meses largos como vidas. Veo los primeros días, con aquella gente de Lleida tan bien educada, la capilla Rosslyn, Vueling robándonos tiempo; como a través de un vidrio traslúcido hecho de años y mundos. "Si haces cosas, pasan cosas". Han pasado tantas que han multiplicado el tiempo. Lo cierto es que no es este el que nos hace. Es la historia, son los hechos. El tiempo es solo el espacio donde nos ocurre todo. La mesa donde se tiran los naipes.
No sé cuán fuerte soy. A veces más, a veces menos. No sé cómo debería ser. Si un torero o un bravo. Si sacar el capote o la espada. Todavía no sé quién he de ser. 
Pero aquí empiezo a ver claro quien soy. 
Mañana, como cada día, me echarán a los perros. "Primera línea de infantería". "Carne de cañón". Pero siento el pecho henchido. Los nervios duros como cabos. Que vengan, que los estaré esperando. No por aquellos ni por nadie. Ni por deberes ni por mi palabra, que tanto guardo. Por mí, por volver a medirme, por orgullo, por vieja honra, por mis cojones.

martes, 25 de julio de 2017

I start again




Recuerdo que era una clase de música y nos tocaba exponer algo de nuestros músicos favoritos. Su vida, su carrera, sus canciones, su temática... Acabo de recordar también que nosotros, que éramos quienes éramos, cantamos "Llamando a la Tierra" de M Clan a coro (debió de sonar horroroso), pero la mayoría se limitó, como adolescentes normales, a componer lo que por entonces muchos querrían llamar collage; es decir, un mural, con fotos y algo de texto explicativo. El de los dos compañeros a los que tanta gratitud les guardo era azul celeste, y mostraba una serie de fotos en blanco y negro de un grupo de varios tíos vestidos de negro. En aquella época aborrecía de todo lo que desentonase, así que cuando abrieron el reproductor para poner el último videoclip de la banda escuché con cierto reparo. Sonaba metálico pero mesurado, y a la segunda vez que sonó el estribillo descubrí que me emocionaba. El grupo se llamaba Linkin Park.
Lo siguiente que recuerdo es que me hice íntimo de uno de aquellos dos colegas. Como muchos amigos, me traicionó un par de veces, pero antes (en realidad, durante, pero yo qué iba a saber) me pirateó la PSP y me metió varios juegos que he de decir que me flipaban en aquella época. Lo cierto es que se convirtió en una rutina ir a su casa, un duplex bastante acogedor a las afueras del pueblo, a escuchar sus lamentables confesiones de amores y desamores y a que me instalara algún juego que otro. Una vez, quizá la primera, me sugirió meterle música a la máquina. Yo elegí varias canciones que él tenía descargadas que a ambos nos alucinaban, y quiero recordar que le pedí, tímido porque no terminaba de creérmelo ni de encajar con lo que era y esperaba de mí, que me pusiera la canción de Linkin Park que habíamos oído en aquella clase de música. Se llamaba What I've Done.
No tengo el talento necesario para describir la canción, ni la poesía. Pero aquello era, joder, la hostia. Quise más. 'Mira' me dijo. Puso 'Given up'. 'No more sorrow'. 'Bleed it out'. El alma se me quería salir. Me emocionaba, pero no de alegría ni de tristeza; sentía que mi interior vibraba con ganas de brotar. Me llevé en aquel aparato todas las canciones que tenía.

La mañana del 20 de julio de 2017 habían pasado ya diez años de todo aquello. Me levanté como cada día sin demasiada alegría, y desbloqueé el teléfono para poner algo de música mientras me vestía. Pensé en U2, en Radiohead, en Arcade Fire (que estaba a punto de publicar album)... no debí de decidirme, porque lo siguiente que recuerdo es que descorrí las cortinas y miré por la ventana, hastiado por tanto trabajo y preocupado por la llegada de un nuevo grupo. Edimburgo estaba gris, como siempre. Volví al teléfono, abrí Youtube y escribí "The Little Things Give You Away", de Linkin Park. Llevaba muchos años escuchándolos de manera recurrente, pero desde que aborrecí el último disco, One More Light, unos meses atrás, apenas los había oído. 

Esa misma tarde Chester Bennington se suicidó. Me lo vino a decir mi novia, que me envió un enlace de un diario nacional seguido de dos "joder". Alguien lo había encontrado ahorcado en su casa de California. Al parecer, viejas guerras con las drogas, el alcohol... Y abusos. Algo así decía el artículo. 

En los últimos dos años puede que haya llorado 4 o 5 veces. Desde entonces he llorado todos los días.

Descanse en paz.

martes, 6 de junio de 2017

RISE

"Tú ya lo sabías, hace tiempo (un tiempo sin fechas; el reloj no mide la vida. Han pasado muchas cosas, y eso es lo que te distancia, eso es lo que marca la diferencia; la eternidad que te separa). Que estás aquí para esto, para escuchar la melodía, para relajarte, para disfrutar, para esas pequeñas cosas (raro es el tópico que no acierte); dejar de arder de vez en cuando, mirarle estudiar, paladearle, mover la cabeza al ritmo extraño de Radiohead, sentir, volver a casa, mirar crecer la plaga de los libros; que todo ha sido una pesadilla recurrente pero para todos los públicos, un cuento de aventuras donde el bueno las sufre pero al final triunfa. Que la vida renace, que tú, yo, renazco, que todo esto tiene sentido ahora."

jueves, 25 de mayo de 2017

El principio de todas las cosas

Notaba cómo empezaba a anegárseme la vida; cómo dejaba de ver los destellos de las hojas de palma, de escuchar el trinar de los pájaros; como se me terminaban de joder los últimos días en aquella preciada casa donde había encontrado, de rebote y por azar, algo no muy distinto a la felicidad. Pero manchar el homenaje de las últimas veces me importaba en realidad un carajo; lo peor era esa tensión en el ceño, esa parálisis general, ese miedo, esa impotencia, ese cagarse en Dios a cada rato.
La música no inspiraba como alguna vez. La literatura eran hormigas sin rumbo fijo y un pretexto inconsciente para perderse. Decidí levantarme y hablar con el espejo, pero estaba demasiado embotado y hasta somnoliento, y éste se cansó pronto de contestarme. Finalmente me dormí sin haber encontrado el principio de todas las cosas, y al día siguiente, al despertar, era un día más, un día menos, el día de siempre, como si no hubiera otro, cojones. Y el lastre seguía ahí, prendido en el entrecejo fruncido, atenazado en las sienes, cargado sobre la espalda, pendiendo del mentón, como un cencerro. 
Quise ver que el problema era fundamental y que tenía que ver con el origen del Universo, el principio de todas las cosas, y acabé por descubrir, derrotado en la terraza del primer bar que pude alcanzar, y asido a la maldita copa de vino de siempre, que si la solución estaba allí, el problema estaba en el origen de la propia vida, mi vida, en cómo el mecanismo de la existencia o el azar había lanzado a mis padres, movidos por el deseo y un poco de azúcar, a aquella cama vieja de aquella vieja casa sin viejos (que ya era casualidad que no estuvieran, o que dejaran las llaves siquiera); y cómo en aquel encuentro azaroso, en el vaivén de la lujuria (acto germinal de todos nosotros y tan patéticamente despreciado desde siempre por todos nosotros) había salido yo de los cojones de mi padre para ir al vientre de mi madre; así, tal como estaba (¿Cuántos otros seres en potencia perdieron su última oportunidad de ser aquella tarde, mientras sonaba One en todas las radios del mundo, la URSS tocaba fondo y Scent of a Woman coronaba a Pacino con un merecido Óscar?) con esos genes heredados y no otros (había más, sí, pero esos fueron los que tocaron; azar, mecanicismo); con ese futuro prefabricado ya por la diosa Fortuna, y no otro; por mucho empeño, mucho ir y venir y mucho circunvalar, circunscribir y cincelar las circunstancias; mucho figurar. Todo estaba escrito en aquel código genético del demonio. Llegado un momento abrí los ojos y empecé a ver aquellas circunstancias e incluso aquella pauta inscrita, y empecé también así (porque a su vez estaba escrito) a sentir. Y, en fin, concluí que yo no era más que aquella mano de naipes cualquiera, emborronados y cuarteados por el tiempo, aquel ojo triste y otra mano con que jugar aquellas cartas. Y no otras.
Así que apuré el tinto, pagué (porque entre mis cartas estaba también esa), y me fui a comprar al supermercado de enfrente, porque la vida había que seguirla si no se era lo suficientemente valiente.

viernes, 2 de octubre de 2015

El Afuera III

         Cuando regresé de Más Allá del Afuera a través del Inmenso Agujero de las Alturas creía que, a pesar de toda la vastedad del mundo, no me quedaba nada esencial por descubrir. Había visto la comprensible muerte que llega en silencio y parte sin más; y la inasumible muerte que arrasa con estrépito y parece no irse nunca. Había visto que el mundo carece de límites; que sus seres son tan variados como semejantes; que laten en el interior de nuestra existencia potencias inimaginables. Lo que aún no había visto, empero, es que una cosa es saber la teoría, y otra muy distinta es vivir la práctica.
            La vastedad del mundo es, en sí misma, atroz, pues reduce a sus criaturas a una mínima expresión; y permite la cabida de fenómenos ilimitadamente grandes que, sobre unos seres infinitamente pequeños, pueden resultar catastróficos. Sin embargo, dicha vastedad no es menos temible por los seres que puede contener: del mismo modo que su inconmensurable tamaño puede dar cabida a enormes accidentes, también puede albergar gigantescas criaturas. El pánico agorafóbico que sufrí cuando salí del Interior, o cuando finalmente salí Más Allá del Afuera, debía de suponer esta posibilidad, pero no recuerdo haber tenido conciencia de ella hasta que sentí un apocalíptico retumbar sobre la superficie. Rápidamente pensé que podía ser una nueva catástrofe, como un terremoto, pero mi desbocada imaginación, acostumbrada a las sorpresas desagradables, me llevó a adivinar la existencia de una inmensa criatura Más Allá del Suelo Vertical.
Una vez más, quizá la última, quedé paralizado. ¡Podía sentir los Cuatro Suelos Verticales vibrar a su paso! Si aquél temblor provenía de un ser vivo como los que habitábamos el Afuera Interior, tenía que ser de un tamaño descomunal. Estaba sumido en el pánico. ¿Qué sería de mí? ¿Qué sería de nosotros? En aquél instante infinito en que aguardaba la inminente irrupción de la Bestia, me sorprendí preocupándome por los otros. A pesar del profundo terror que me atenazaba, pude intuir que la otredad se hace propia cuando algo todavía más ajeno hace aparición; que seres que rivalizan por la supervivencia en un nicho cualquiera se reconcilian ante una amenaza común.
Busqué a aquellas criaturas de reojo.  En las alturas, los Seres que Revolotean seguían con su errática búsqueda de no se sabe qué. En el Suelo Inferior, a lo lejos, los Tímidos Seres de las Distancias no parecían tener más suspicacia que de costumbre. ¿Acaso no temían aquellas pisadas? Rápidamente, el miedo fue convirtiéndose en confusión, y me decanté por creer que si aquellos seres que habitaban el Afuera mucho antes que yo actuaban con normalidad ante el retumbar de los pasos de aquel coloso éste no tenía que ser tan peligroso.
Mi cuerpo se distendió. En las alturas, los Seres que Revolotean trazaban círculos, como orbitando un lugar invisible. Todo parecía más en orden que nunca. Estaba pensando con emoción que al fin aquellos seres habían encontrado el objeto de su incansable búsqueda cuando una inmensa ola de viento me empujó por un costado. Más rápidamente de lo que se habían ido, mis más profundas y temibles pesadillas regresaron de las tinieblas. Alertado, dirigí mis sentidos hacia el origen del vendaval, en algún punto de los límites del Afuera.
Todavía hoy me cuesta creer lo que ocurrió. Movido por una fuerza estratosférica, un sector rectangular de uno de los Cuatro Suelos Verticales se había despegado del resto, y se abría como las fauces de aquellas bestias que una vez quisieron arrastrarme a la muerte. Fue entonces cuando lo vi. Debía de medir mil veces mi altura y ocupar otras mil veces mi volumen, pues su cabeza no distaba mucho del Suelo Superior y sus miembros extendidos sobrepasaban el espacio abierto en el Suelo Vertical. No sé si podré expresar lo que sentí, sinceramente. Una angustia abrasadora inundó mi cuerpo y me nubló los sentidos.  Desesperado, corrí en todas direcciones en busca de un refugio, pero el Afuera es un páramo vacío y toda búsqueda de nada es vana. Descubrí, sin embargo, que era más rápido que él, y eso me dio confianza para ganar tiempo hasta hallar un lugar seguro.
Tras un tiempo incierto de huidas erráticas, llegué al pie de uno de los bordes del sector rectangular abierto en el Suelo Vertical. Noté por primera vez que esa parte de la superficie era más oscura que el resto. Movido por el más profundo instinto de supervivencia, apoyé un miembro tras otro sobre ella y comencé a escalar hacia las alturas. A cada paso experimentaba una mezcla más intensa de acercamiento a la salvación y de inminencia de la muerte. Era como si dos visiones diferentes de la realidad estuviesen chocando en mi interior; tenía que creer en una, pero la otra era tan incontestable… Iba a morir.
Resbalé; la superficie era más inaprensible de lo habitual. Pude sostenerme apenas agarrado a un pequeño saliente, y supliqué a un ser invisible que me proveyese de la descomunal fuerza de los Seres de Más Allá del Afuera. Fue en vano, pero aprendí que el terror nos hace creer que existen seres superiores a los que podemos encomendarnos, cuando en realidad éstos son tan inmisericordes como la naturaleza misma. Miré a aquella inmensa criatura a los ojos, grandes como mi cuerpo. Pude ver que su forma era ovalada y que estaban compuestos por espacios concéntricos: uno elíptico y dos circulares. El primero era de color blanco; el segundo, de un color más oscuro; el tercero, el más reducido, de la más profunda e insondable negrura.  Eran (me sorprendió) extrañamente hermosos. Y me estaban mirando. Este hecho, no necesariamente terrible, me pareció insoportable, e impulsado por el pánico emprendí de nuevo mi infructuoso ascenso hacia las alturas del Afuera.
Pasado no mucho tiempo (un tiempo de solo escalada y terror) alcancé la cumbre. En ese momento sufrí como si todo el peso del mundo cayese sobre mis miembros; descubrí que la esperanza es una ilusión, y que las ilusiones son irreales; que la realidad es un lugar inhóspito y descorazonado. Al final de la franja oscura del Suelo Vertical por la que acababa de subir el borde se desviaba y pasaba a ser una franja horizontal, al final de la cual, pude atisbarlo en la distancia, volvía a desviarse y a descender verticalmente. No había ninguna guarida, ni ninguna obertura al Interior; no me esperaba la salvación. Aquél borde era un bucle, un círculo como los de los Seres que Revolotean, pero, en lugar de en torno a un hallazgo invisible, éste lo hacía alrededor de la nada misma.
Lo que pasó después no lo recuerdo con precisión, ni logro entender los pocos retazos inciertos que quedan en mi memoria. Al principio confié en que, de la misma forma que me había desvelado tantas verdades acerca del universo, el devenir me mostraría más tarde o más temprano el significado de aquella mirada, de aquellos pasos, de aquel adiós. Ahora que tanto tiempo ha pasado, una vida tal vez (pues no sé cuánto es una vida en este lugar oscuro y silente), y que sigo sin entender aquellos instantes remotos, ya no creo que el mundo vaya a enseñarme nada. La muerte se avecina, y coqueteo con ella como una vez lo hice con la oscuridad, la humedad y la estrechez de este Interior que ya ni siquiera es mío (pues no hay regreso posible al hogar una vez se ha salido de él).

Recuerdo, en fin, que quedé paralizado, que mi cuerpo latía violentamente; que miraba hacia todas partes, como en busca de una salida. No podía creer que aquel fuese el final. También, que quise sentir la casi apoteósica conformidad con la muerte que me había colmado cuando los Pequeños Seres del Suelo Vertical me transportaban hacia su guarida de Más Allá del Afuera. Pero las emociones, como quizá todo en este mundo incomprensible, no se pueden elegir, y sufrí el definitivo terror de la muerte durante la eternidad que duraron aquellos remotos instantes.
Aferrándome a la vida, me moví sin más, y finalmente inicié mi descenso por la franja oscura del Suelo Vertical. En aquél momento pensé que lo hacía por ganar tiempo, por seguir viviendo unos instantes más, pero más tarde descubrí que mi instinto tenía un propósito más concreto. A medio camino quedé enganchado en un saliente y, haciendo fuerza para liberarme, me impulsé demasiado y caí al vacío. Todo mi ser era la fuerza de la supervivencia. Me puse en pie y eché a correr hacia ninguna parte, notando que el Coloso se había apartado a mi caída, como asustado de mí. Aproveché su vacilación para alejarme más de él, y sin darme cuenta penetré de nuevo en la oscuridad del Interior, de donde no he vuelto a salir, ni espero hacerlo jamás, pues las maravillas del Afuera son apenas luceros en la negra noche de sus atrocidades.